28/09/2026
Por: Cristian Alvarado
¿Y DE QUIÉN ES LA CULPA?
Tomar la pluma, el teclado o el micrófono para despotricar contra la Selección Nacional hoy será sencillo. Y, por supuesto, nos lo ponen fácil, porque no hay mucho que rescatar cuando los números hablan por sí solos.
Pero no podemos quedarnos únicamente en la crítica, en las exigencias erráticas de pedir cabezas, de cambiar puestos y responsables una y otra vez, mientras el continuismo del fracaso parece no tener fin.
Esto ya no es solamente un problema técnico. Es un problema de cultura.
Una cultura que poco a poco nos ha ido carcomiendo. Una trampa en la que caímos y de la que no hemos podido escapar. Un espejismo, un profundo sueño del que no supimos despertar a tiempo.
Desde 2014 hasta hoy.
En ocasiones anteriores he sido enfático en algo: a Costa Rica le hizo muchísimo daño el proceso de 2014, no por lo que se logró dentro de la cancha, sino por lo que comenzó a construirse después.
La Selección creó una cultura peligrosa, donde la camaradería de grupo terminó confundida con alcahuetería; donde algunos líderes dejaron de ejercer liderazgo y comenzaron a convertirse en figuras autoritarias. Eso terminó enfermando el trabajo colectivo y desviando el verdadero propósito de una Selección Nacional.
El problema es que esa cultura nunca se logró erradicar.
Los vicios que dejaron algunos jugadores en aquel proceso todavía producen efectos. Otros jugadores se contagiaron de esas prácticas y, mientras esos comportamientos sigan formando parte del grupo, seguiremos viendo sus consecuencias en la cancha.
El resultado está a la vista.
Es muy probable que Costa Rica toque fondo muy pronto. Y quizá ese retroceso, producto de tantas malas decisiones tomadas después de aquel exitoso proceso de 2014, termine llevándonos a una de las caídas más profundas de nuestra historia futbolística.
Y aunque parezca contradictorio, quizá eso sea lo mejor que nos pueda pasar.
Será doloroso ver crecer a Panamá, Guatemala, Honduras, Nicaragua y a otros países de la región mientras nosotros estamos derrumbados, levantándonos de los escombros.
Pero tal vez ese golpe sea precisamente la vitamina que necesitamos para reconstruir.
Para volver al trabajo real.
Para recuperar la meritocracia.
Para que estar en la Selección vuelva a ser un privilegio que se gana, no un derecho adquirido.
Yo entiendo cuando Rolando Fonseca dice que no hay hambre en la Selección. Pero creo que el problema va más allá de la falta de hambre.
No es simplemente que hayan desaparecido aquellos jugadores que se ponían la camiseta porque entendían que detrás de ella había algo mucho más grande que ellos mismos.
El problema es que algunos jugadores terminaron sintiéndose más grandes que aquello que representan.
Cuando el ego no permite entender que la camiseta está por encima del nombre, el problema deja de ser individual y comienza a volverse crónico.
Y peor aún cuando se pretende jugar con las glorias del pasado, creyendo que lo que alguna vez se consiguió será suficiente para que los demás nos respeten o, peor todavía, para que nos dejen ganar.
La historia no juega. La camiseta tampoco gana sola.
A nuestros jugadores les ha caído mal la fama que heredaron. Les quedó grande la chaqueta y, en el camino, se olvidaron de algo fundamental:
Los demás también quieren crecer. Y también pueden hacerlo.
Por eso, la reflexión de todo esto no pretende ser una respuesta definitiva al problema.
Es simplemente una advertencia.
Los vicios que hemos alimentado durante años son hoy el presente de nuestro fútbol.
Y salir de este fondo será responsabilidad de todos.
Primero, aceptando que ya no existen los datos del pasado que nos salven.
Que ya no existe la fama que nos garantice respeto.
Que las glorias anteriores no nos van a clasificar.
Que nadie nos debe nada.
Hay que volver a construir.
Construir una Selección que sienta la camiseta.
Una Selección donde el nombre pese menos que el compromiso.
Donde el liderazgo sea liderazgo y no imposición.
Donde la meritocracia vuelva a ser la regla.
Y donde cada jugador entienda que representar a Costa Rica no es un premio por lo que hizo antes, sino una responsabilidad por lo que debe hacer hoy.
Entonces sí podremos empezar de nuevo.
Porque al final, la culpa no necesita que la señalemos.
La culpa solita se hará presente cuando los resultados terminen tocando la puerta de cada responsable.
Foto tomada de goal.com