Electri Bikers MTB

Electri Bikers MTB Grupo de ciclistas de Huaquechula, Tlapanala y Tepeojuma, apasionados por las rodadas y la aventura. 🚴‍♂️⚡

𝐑𝐔𝐓𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐉𝐀𝐆𝐔̈𝐄𝐘 La mañana apenas comenzaba a despertar. En el centro de La Magdalena, Tepeojuma, seis bicicletas espera...
16/09/2026

𝐑𝐔𝐓𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐉𝐀𝐆𝐔̈𝐄𝐘

La mañana apenas comenzaba a despertar. En el centro de La Magdalena, Tepeojuma, seis bicicletas esperaban apoyadas mientras el aroma del café cargado se mezclaba con el del pan. Afuera, el día todavía no mostraba sus cartas. Pero nosotros sabíamos que en cuanto giraran las bielas, comenzaría la aventura. No había arco de salida, no había cronómetro, no había público. Solo seis ciclistas, sus bicicletas y un camino de 40 kilómetros dispuesto a recordarnos que en la montaña nada se regala. La Ruta del Jagüey estaba a punto de comenzar.

Las primeras pedaladas fueron tranquilas. El pelotón abandonó La Magdalena y se internó entre cañaverales, avanzando por caminos rurales que poco a poco comenzaron a revelar otro paisaje. Entonces aparecieron los agaves. Uno tras otro. Kilómetros de campos donde las plantas se levantaban sobre la tierra como pequeñas lanzas verdes. Por un instante, la imaginación hizo el resto. Aquello parecía Tequila, Jalisco. Pero entonces levantábamos la mirada y la postal cambiaba completamente. Allá, al fondo, aparecía el Popocatépetl, imponente, inmóvil, vigilante. El volcán acompañaba nuestro avance como si también formara parte del pelotón. Y mientras nosotros sumábamos kilómetros, el paisaje parecía avanzar con nosotros.

Todo cambia en una ruta de montaña cuando termina el valle. El terreno comenzó a elevarse. Las piernas empezaron a trabajar de otra manera. La respiración se hizo más profunda. Y aquella rodada que minutos antes parecía tranquila comenzó a convertirse en una verdadera aventura MTB. La vegetación cambió conforme ganábamos altura. Atrás quedaron los campos delante aparecieron las montañas. Cada curva escondía una nueva pendiente. Cada ascenso nos obligaba a administrar las fuerzas. Y entonces llegó uno de esos momentos que hacen que el sufrimiento valga la pena. Desde las alturas, el valle apareció completo ante nuestros ojos. Los campos de cultivo parecían dibujados sobre la tierra. Los caminos serpenteaban entre las comunidades. Y al fondo, nuevamente, los volcanes. Por unos segundos nadie necesitó decir nada. La montaña estaba hablando por nosotros.

La ruta continuó. Llegamos a los Ahuahuetes y después a San Miguel Ayotla. Hasta ese momento habíamos acumulado paisaje, kilómetros y buenas sensaciones. Pero la montaña todavía guardaba sus mejores cartas. Las pendientes comenzaron a sentirse con mayor intensidad. Las piernas empezaron a acumular fatiga. El sol subía lentamente y con él aumentaba la exigencia. El camino hacia Guadalupe Almolocayan parecía preguntarnos cuánto quedaba realmente en el tanque. Y la respuesta no estaba en el ciclocomputador. Estaba en las piernas.

Hay ascensos que se recuerdan por su distancia. Otros, por su inclinación. Y existen aquellos que se quedan grabados simplemente porque parece que nunca terminan. Este era uno de ellos. La mirada buscaba la cima. Pero la cima parecía alejarse. Una pedalada, otra, otra más, el cuerpo pedía tregua, la mente negociaba con las piernas, pero el grupo continuaba. Porque en la bicicleta hay una regla no escrita: cuando las piernas quieren detenerse, la voluntad decide si todavía queda una pedalada más.

Y llegó, la cima, el punto más alto, el momento de detenerse, recuperar el aliento y mirar hacia atrás. Habíamos ganado la batalla del ascenso. Ahora tocaba disfrutar la recompensa. Antes del descenso, una última revisión, frenos, casco, posición y adelante. La bicicleta comenzó a ganar velocidad rumbo a San Francisco El Astillero, el viento golpeaba el rostro, la montaña quedaba atrás. Las piernas dejaban de empujar y comenzaban a disfrutar. En esos instantes, el ciclismo vuelve a recordarnos por qué hacemos esto. Porque después de sufrir una subida interminable, llega ese descenso en el que solamente existe el camino, la bicicleta y el siguiente metro de terreno. La montaña había cobrado su precio y ahora estaba entregando la recompensa.

En San Francisco El Astillero llegó el momento de hacer una pausa de hidratación, reabastecimiento. Unos minutos para recuperar fuerzas. Porque todavía quedaba regresar a La Magdalena, el grupo retomó el camino. Ya no éramos los mismos seis ciclistas que habían salido aquella mañana con café y pan. Ahora llevábamos encima kilómetros, cansancio, sudor y una nueva historia que contar. El odómetro seguía avanzando, la meta comenzaba a acercarse.

Y finalmente apareció nuevamente La Magdalena. La Ruta del Jagüey tenía una última sorpresa. En El Jagüey no esperaba un cronómetro. Esperaba una mesa y sobre ella, una recompensa digna de cualquier etapa de montaña: barbacoa y consomé.

Después de 45 kilómetros, pocas cosas saben tan bien como sentarse con los compañeros y compartir los alimentos, las bicicletas descansaban, las piernas también. Y las conversaciones comenzaron a reconstruir la jornada. Y entonces llegaron los protagonistas del cierre: los tradicionales elotes asados de Tepeojuma. La aventura estaba oficialmente terminada, pero la convivencia apenas comenzaba.

Al final, nadie preguntó quién había llegado primero, porque ese día no se trataba de vencer a otro ciclista. Se trataba de vencer el cansancio, de conquistar las pendientes, de descubrir caminos, de detenerse para contemplar un paisaje, de esperar al compañero, de compartir agua, de reír después de una subida y de sentarse juntos al terminar.

Porque esa es una de las grandes cosas que tiene el ciclismo: puedes comenzar una ruta siendo compañero de rodada y terminarla sintiendo que formas parte de una hermandad.

La Ruta del Jagüey dejó 40 kilómetros en las piernas. Pero dejó algo mucho más importante en la memoria. Agaves, cañaverales, montañas, volcanes, descensos, barbacoa y elotes. Y seis ciclistas que, por unas horas, hicieron del camino su propia historia. Porque los kilómetros se registran en Strava. Las batallas quedan en las piernas. Pero las historias esas se quedan para siempre.

Están todos cordialmente invitadosLleguen tempranito, que habrá café y pan,.Arrancamos puntuales,.
15/09/2026

Están todos cordialmente invitados

Lleguen tempranito, que habrá café y pan,.

Arrancamos puntuales,.

𝑳𝒂 𝑬𝒍𝒆𝒄𝒕𝒓𝒊-𝑮𝒖𝒆𝒓𝒓𝒆𝒓𝒂6:00 de la mañana. Mientras el día apenas comenzaba a despertar, el grupo de WhatsApp ya estaba en mo...
14/09/2026

𝑳𝒂 𝑬𝒍𝒆𝒄𝒕𝒓𝒊-𝑮𝒖𝒆𝒓𝒓𝒆𝒓𝒂

6:00 de la mañana. Mientras el día apenas comenzaba a despertar, el grupo de WhatsApp ya estaba en movimiento. Uno tras otro, los mensajes anunciaban la salida desde casa: “Ya voy en camino”, “Nos vemos en el punto de reunión”.

El destino era el mismo para todos: el Oxxo de Tepeojuma. Ahí, entre cafés para espantar el sueño, saludos y los últimos preparativos, comenzaba a sentirse lo que nos esperaba. No era una rodada cualquiera. Sabíamos que teníamos por delante una ruta exigente, una combinación entre nuestros caminos de casa y un segmento previamente explorado por nuestros amigos de Guerreros de Izúcar.

La aventura estaba por comenzar. Todavía sin que el sol apareciera por completo, comenzamos a pedalear por los caminos que hace décadas fueron recorridos por el ferrocarril. A nuestro alrededor, enormes campos de caña nos acompañaban como una interminable bienvenida. Era una señal inequívoca: estábamos entrando a la Mixteca poblana.

Poco después llegaron las primeras pruebas del día. Las colinas de La Galarza nos recibieron con ascensos exigentes, algunos técnicos, de esos que obligan a concentrarse en cada pedalada y elegir cuidadosamente por donde pasar. Mientras las piernas comenzaban a calentarse, la historia también aparecía en el camino. Aquellas tierras fueron alguna vez cuna de la fabricación de Bacardí, un lugar donde el paisaje y la historia parecen encontrarse en cada curva. Pero en la montaña existe una regla que todos conocemos: cada subida tiene su recompensa. Y la recompensa estaba en la cima. Desde ahí, el esfuerzo quedaba atrás por unos instantes mientras nuestros ojos se perdían en una impresionante panorámica del Valle de Izúcar de Matamoros.

Sobre caminos que ya cuentan historias. La ruta continuó por un segmento que, apenas un año atrás, había formado parte del primer Reto Izúcar. Regresábamos a caminos que ya tenían memoria, pero que ahora se sentían diferentes bajo las ruedas de nuestras bicicletas. Pedaleamos rumbo a Tepapayeca y posteriormente hacia Coatepec. Ahí hicimos una pausa obligatoria. Más que una parada para comer, terminó convirtiéndose en uno de esos momentos que hacen especial una rodada. La persona que nos atendió comenzó a conversar con el grupo. Las preguntas fueron llegando una tras otra: qué lugares habíamos recorrido, cuáles habían sido nuestras experiencias, hasta dónde habíamos llegado sobre una bicicleta. Y mientras hablábamos, algo llamó especialmente nuestra atención: el resto de la familia también permanecía pendiente de la conversación. Por unos minutos, la bicicleta dejó de ser protagonista y se convirtió en el puente para compartir historias.

Con el estómago lleno, las piernas recargadas y la motivación intacta, volvimos al camino. El territorio conocido. La siguiente parte de la ruta nos llevó nuevamente por nuestros caminos. Llegamos a Matlala, territorio que hemos explorado y caminado una y otra vez. Y si estás por ahí, hay una parada que prácticamente es obligatoria: el acueducto. El sol ya golpeaba con fuerza. El termómetro rondaba los 34 °C, así que aquel lugar se convirtió en el sitio perfecto para detenernos unos minutos, refrescarnos y recuperar fuerzas.

Pero todavía faltaba. Las piernas comenzaban a sentir el acumulado de cada subida y cada descenso. El terreno nos había exigido concentración, fuerza y paciencia. Aun así, seguimos avanzando por los caminos de terracería, ahora bajo un sol que parecía querer poner a prueba nuestra resistencia. El destino: Huaquechula.

Los últimos kilómetros fueron una mezcla de cansancio y satisfacción. Cada pedalada nos acercaba a la meta, mientras el paisaje de la serranía mixteca seguía regalándonos postales que hacían olvidar, aunque fuera por momentos, el esfuerzo acumulado. Al final fueron más de 70 kilómetros de montaña, con un recorrido técnico y demandante que nos llevó por ríos, montañas, terracerías y caminos entre la serranía mixteca.

La cifra también habla por sí sola:

+70 km recorridos.
1,643 metros de desnivel acumulado.
Subidas, descensos y segmentos técnicos.
34 °C de temperatura en algunos tramos.

Pero hay números que no aparecen en el GPS, las risas, las historias compartidas, el café de las seis de la mañana, la conversación inesperada en Coatepec, el descanso bajo el acueducto. Y, sobre todo, la satisfacción de llegar juntos después de una ruta que exigió mucho más que piernas. Porque al final, una ruta no se mide solamente en kilómetros o metros de desnivel. Se mide en las historias que deja. Y esta vez, la la Ruta Electri-Guerrera nos dejó una más.

𝗥𝗘𝗧𝗢 𝗜𝗡𝗧𝗘𝗥𝗠𝗨𝗡𝗜𝗖𝗜𝗣𝗔𝗟 𝗘𝗣𝗜𝗖𝙇𝙖 𝙛𝙖́𝙗𝙧𝙞𝙘𝙖 𝙙𝙚 𝙥𝙞𝙚𝙧𝙣𝙖𝙨A las cinco de la mañana, mientras las calles todavía permanecían en silen...
07/09/2026

𝗥𝗘𝗧𝗢 𝗜𝗡𝗧𝗘𝗥𝗠𝗨𝗡𝗜𝗖𝗜𝗣𝗔𝗟 𝗘𝗣𝗜𝗖
𝙇𝙖 𝙛𝙖́𝙗𝙧𝙞𝙘𝙖 𝙙𝙚 𝙥𝙞𝙚𝙧𝙣𝙖𝙨

A las cinco de la mañana, mientras las calles todavía permanecían en silencio y la mayoría de las casas mantenían las luces apagadas, cuatro ciclistas comenzaban a prepararse. No era un día cualquiera. Había que revisar la bicicleta, ajustar el casco, preparar la hidratación, guardar alimento y asegurarse de llevar todo aquello que pudiera hacer falta durante una jornada que prometía ser larga. Más de 80 kilómetros esperaban por delante. Más de 80 kilómetros de montaña, terracería, ascensos, descensos y comunidades escondidas entre los paisajes del surponiente poblano. Pero también había algo más. La ilusión de estar trazando lo que algún día podría convertirse en uno de los circuitos más imponentes de ciclismo de montaña de la región. El nombre comenzaba a tomar fuerza: RETO INTERMUNICIPAL EPIC

El reloj marcó las seis. El zócalo de Huaquechula comenzó a cobrar vida. Uno a uno fueron llegando los ElectriBikers. Bicicletas listas, rostros todavía marcados por las primeras horas de la mañana y esa mezcla de emoción y respeto que aparece cuando sabes que estás a punto de enfrentarte a algo grande. La temperatura era fresca. La niebla cubría parte del paisaje. El silencio del amanecer apenas era interrumpido por el sonido de las bicicletas preparándose para partir. Y entonces comenzó la marcha. Cuatro ciclistas. Una ruta. Una montaña. Y una pregunta que solamente podría responderse al final: ¿Hasta dónde serían capaces de llegar las piernas?

La primera parada llegó en Santo Domingo Ayotlicha. El frío comenzaba a sentirse en el cuerpo. Pero apareció un pequeño lujo en medio de la aventura: una taza de café ofrecida por el compañero Juan Carlos. El v***r elevándose desde la taza contrastaba con la mañana fría. Unos minutos para entrar en calor. Unos minutos para respirar. Unos minutos para recordar que todavía quedaban muchos kilómetros. Se terminó el café. Se ajustaron los guantes. Se montaron las bicicletas. Y nuevamente: a pedalear.

La primera gran advertencia de la ruta llegó en San Pedro Contla. Las pendientes comenzaron a aparecer. Subidas técnicas, exigentes, largas, pero rodables. De esas que obligan a bajar el ritmo, controlar la respiración y encontrar el desarrollo adecuado para que las piernas no exploten antes de tiempo. Aquel tramo ya había sido recorrido anteriormente, pero en descenso. Ahora era diferente. Ahora había que conquistarlo desde abajo. Cada pedalazo acercaba al equipo a San Miguel Xicotzingo, mientras las piernas comenzaban a acumular los primeros avisos de lo que vendría después. Pero la montaña también sabe recompensar. A medida que ganaban altura, la niebla comenzaba a abrirse. Y entonces apareció el espectáculo, montañas, campos, barrancas, horizontes interminables. La naturaleza parecía decirles: “Sigan subiendo. Vale la pena.”

Superada la primera gran batalla, el equipo puso rumbo hacia San Juan Catzoc. Después llegó San Pedro Ixhuatepec. Y posteriormente, las brechas que conducían hacia San Felipe Toctla. La bicicleta comenzó a hablar otro idioma. Piedras, terracería, senderos, polvo, curvas, subidas, descensos, cada metro exigía concentración, no había tiempo para distraerse, una piedra mal tomada podía convertirse en un problema, una curva mal trazada podía arruinar el descenso. Pero también estaban esos momentos en los que la bicicleta parecía volverse una extensión del cuerpo y el sendero simplemente invitaba a dejarla correr.

Entre San Felipe Toctla y Acteopan apareció uno de los escenarios más impresionantes de toda la jornada. Un puente y debajo el vacío. Los ciclistas se detuvieron para contemplar los enormes cañones. Desde lo alto, el río parecía pequeño. Muy abajo tan abajo que por un instante el cansancio dejó de importar, era imposible no mirar, imposible no sorprenderse. La ruta estaba demostrando que no solamente quería poner a prueba las piernas. También quería regalar recuerdos.

Acteopan significó una pausa necesaria, había que comer, había que hidratarse, había que recuperar energía, pero también había que mirar alrededor. La localidad es reconocida por el talento de sus maestros alfareros, capaces de transformar un simple pedazo de barro en auténticas piezas de arte. Mientras las piernas descansaban, la cultura de la región recordaba a los ciclistas que aquella aventura no solamente atravesaba montañas. También atravesaba historias. Después del desayuno, llegó el momento de volver a montar. Porque la ruta todavía no había terminado.

El camino hacia Los Reyes Teolco volvió a exigir. Las subidas comenzaban a sentirse más pesadas. Los descensos, en cambio, eran una recompensa. Campos de cultivo acompañaban el recorrido. Senderos serpenteaban frente a las bicicletas. La montaña se convertía en un escenario permanente. Arriba, sufrimiento, abajo, libertad y entre ambos: pedalear.

El recorrido comenzó a internarse en lugares cada vez más apartados. Primero Rancho Nuevo después Ahuatlan. Finalmente Calmec, ya dentro del municipio de Tepexco. El odómetro seguía avanzando. Pero las piernas comenzaban a negociar. Ya no era solamente cuestión de fuerza era cuestión de voluntad. Cada subida preguntaba: “¿Todavía puedes?” Y la respuesta llegaba en forma de otro pedalazo, sí.

El cansancio ya era parte del cuerpo, las piernas pedían descanso, los brazos también. La hidratación comenzaba a ser cada vez más importante. Pero todos sabían que todavía quedaba una última prueba. Se abastecieron de agua, respiraron y emprendieron el ascenso. Matlala estaba adelante y con Matlala, la última gran subida, la más importante. Porque ya no se subía solamente con las piernas, se subía con todo lo que quedaba, la respiración se volvió pesada, el corazón aceleró, el cuerpo pidió detenerse, pero ninguno quería hacerlo. Un pedalazo, otro, otro más. Hasta que, finalmente apareció el Acueducto de Matlala. No hubo una cinta, no hubo podio, no hubo medallas. Pero hubo algo mucho más importante: la satisfacción de haberlo conseguido. Los cuatro ElectriBikers habían completado el reto.

Juan Carlos.
Juan José.
Rubén.
Fernando.

Cuatro ciclistas que salieron de Huaquechula con una misión y regresaron con una historia que contar. Una historia construida sobre más de 80 kilómetros. Sobre ascensos interminables, sobre descensos llenos de adrenalina, sobre caminos de terracería, sobre cañones, sobre pueblos, sobre frío, sobre calor, sobre cansancio. Pero, sobre todo, sobre compañerismo. CUANDO UNO FLaquea, LOS OTROS EMPUJAN. Porque quizás ésa sea la verdadera esencia del ciclismo de montaña. No se trata solamente de llegar primero. Se trata de llegar juntos. Cuando una subida parecía interminable, aparecía una palabra de aliento. Cuando un compañero dudaba, otro compartía un consejo. Cuando el descenso exigía técnica, aparecía la experiencia. Y cuando las piernas comenzaban a pedir piedad la hermandad empujaba. Ayer no fueron cuatro ciclistas recorriendo una ruta. Fueron cuatro compañeros compartiendo una aventura.

El Reto Intermunicipal Epic no es una ruta sencilla. Es una ruta que exige respeto. Más de 80 kilómetros. Altimetría considerable, con cambios de temperatura, terreno variable, ascensos técnicos, descensos rápidos y divertidos, brechas completamente rodables, paisajes que obligan a detenerse y una sucesión de pueblos que convierten cada kilómetro en una nueva historia. Aquí las piernas sufren, aquí el cuerpo reclama, aquí la mente aprende a resistir, aquí cada ascenso deja una enseñanza. Por eso el eslogan comienza a tener sentido: LA FÁBRICA DE LAS PIERNAS. Porque hay rutas que simplemente se recorren. Y hay otras que te transforman.

Quizá algún día cientos de ciclistas lleguen a Huaquechula para enfrentar este circuito. Quizá el nombre Reto Intermunicipal Epic aparezca en calendarios, competencias y grandes jornadas de ciclismo de montaña. Quizá algún día esta ruta sea conocida mucho más allá de los municipios que atraviesa: Huaquechula, Atzitzihuacan, Acteopan, Cohuecan, Tepexco y Tlapanala.

A nombre de todo el equipo que conformamos la familia ciclista ElectriBikers,. Felicitamos en este día a Chepe Castillo ...
01/09/2026

A nombre de todo el equipo que conformamos la familia ciclista ElectriBikers,. Felicitamos en este día a Chepe Castillo José Ramón Castillo “Chepe el Toro” por su cumpleaños.

Hoy celebramos no solo tu vida, sino todas las rutas que haz conquistado y las que te esperan. Feliz cumpleaños

𝟒𝟎𝟎 𝐂𝐨𝐧𝐞𝐣𝐨𝐬: 𝐮𝐧 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐟𝐢́𝐨 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐛𝐨𝐬𝐪𝐮𝐞𝐬, 𝐦𝐨𝐧𝐭𝐚𝐧̃𝐚 𝐲 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 Rubén Sánchez llevó los colores de ElectriBikers al prest...
28/08/2026

𝟒𝟎𝟎 𝐂𝐨𝐧𝐞𝐣𝐨𝐬: 𝐮𝐧 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐟𝐢́𝐨 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐛𝐨𝐬𝐪𝐮𝐞𝐬, 𝐦𝐨𝐧𝐭𝐚𝐧̃𝐚 𝐲 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚

Rubén Sánchez llevó los colores de ElectriBikers al prestigioso Maratón 400 Conejos, una prueba que convirtió cada subida en un reto y cada descenso en la recompensa.

Tlaxco, Tlaxcala. — El reloj marcaba las 3:00 de la madrugada cuando comenzó el desafío. Mientras gran parte de la ciudad aún dormía, Rubén Sánchez ya estaba en movimiento. Había que preparar a su compañera de viaje —la bicicleta, la famosa “Bandida”—, organizar el equipaje y revisar que nada faltara para enfrentar una de las pruebas más exigentes del ciclismo de montaña en Tlaxcala: el Maratón 400 Conejos.

Con más de dos horas de camino por delante, emprendió el viaje rumbo a Acopinalco del Peñón, Tlaxco, Tlaxcala, llevando consigo no solamente el equipo necesario, sino también la responsabilidad de representar a ElectriBikers.

La llegada fue puntual. Entre ciclistas, bicicletas y el ambiente propio de una gran competencia, llegó el momento de recoger el kit del corredor, el número de competidor y la jersey conmemorativa que marcaría su participación en esta aventura.

El bosque fue la primera prueba

A las 8:30 de la mañana, todo estaba listo.

Más de 800 ciclistas, provenientes de distintos puntos de la República Mexicana, tomaron la salida. Frente a ellos se abría una ruta que prometía poner a prueba piernas, mente y experiencia.

Y no hubo tiempo para entrar en calor.

Desde los primeros kilómetros aparecieron las subidas. Una tras otra. Algunas parecían no tener final y obligaban a encontrar un ritmo constante, administrar las fuerzas y mantener la concentración.

El bosque comenzó entonces a convertirse en el gran protagonista.

Entre árboles, caminos de montaña y paisajes que parecían sacados de una postal, cada ascenso encontraba su recompensa en un descenso. Era precisamente ahí, cuando la bicicleta comenzaba a ganar velocidad, donde aparecía la respuesta a una pregunta que acompañaba cada pedalazo:

¿Valió la pena la subida?

La respuesta siempre era la misma: sí.

Cuando las piernas comienzan a hablar

Los kilómetros avanzaban y el cuerpo comenzaba a cobrar factura. Las piernas resentían el esfuerzo acumulado, pero la belleza del entorno hacía más llevadero el cansancio.

En el camino apareció un lago, regalando uno de esos paisajes que obligan a levantar la mirada y recordar por qué se pedalea.

En los puntos de hidratación, el apoyo también fue fundamental. Agua, bebidas hidratantes y fruta ayudaban a recuperar fuerzas para continuar.

La ruta tenía de todo: momentos para disfrutar, descensos para liberar adrenalina y, sobre todo, ascensos que exigían sacar fuerzas incluso cuando parecía que ya no quedaban.

La montaña no regalaba nada

Con la segunda mitad del recorrido llegó uno de los grandes desafíos del maratón.

Una exigente subida conducía hacia los pies de la Peña de la montaña. El ascenso parecía interminable. Cada pedalazo representaba un esfuerzo adicional y cada metro ganado acercaba a la cima.

Pero toda montaña tiene una recompensa.

Al alcanzar la parte más alta, el panorama del valle se abrió frente a los ciclistas. Desde ahí arriba, el cansancio parecía tener sentido.

Había valido la pena.

Después vendrían descensos mucho más técnicos, aquellos en los que no bastaba con tener piernas fuertes. Ahí entraban en juego la experiencia, la concentración y la destreza sobre la bicicleta.

La ruta exigía todo: fuerza para subir, técnica para bajar y cabeza fría para afrontar cada obstáculo.

Más de 50 kilómetros de puro ciclismo de montaña

Finalmente, después de un recorrido de poco más de 50 kilómetros, Rubén Sánchez cruzó el final del desafío.

No era simplemente una distancia marcada en el odómetro.

Era un auténtico maratón de ciclismo de montaña. Una prueba donde el cuerpo debía resistir, pero donde la mente también jugaba un papel fundamental.

Más de 50 kilómetros de bosque, ascensos interminables, descensos técnicos, paisajes espectaculares y momentos en los que había que decidir entre conservar fuerzas o seguir apretando el ritmo.

Rubén lo consiguió.

Y con ello, ElectriBikers volvió a estar presente en una de esas aventuras que dejan algo más que kilómetros acumulados: dejan historias, experiencias y la satisfacción de haber llevado el reto hasta el final.

El Maratón 400 Conejos demostró una vez más por qué es una prueba que exige respeto, preparación y pasión por la bicicleta.

Una ruta dura. Una ruta espectacular. Una ruta que, sin duda, merece volver a ser recorrida.

¡Felicidades, Rubén Sánchez!

Por representar con orgullo a ElectriBikers, por aceptar el desafío y, sobre todo, por demostrar que en el ciclismo de montaña cada cima conquistada comienza con un solo pedalazo.

Pedalea para vivir. Vive para pedalear.

𝐑𝐨𝐝𝐚𝐝𝐚 𝐍𝐨𝐜𝐭𝐮𝐫𝐧𝐚 𝐄𝐥𝐞𝐜𝐭𝐫𝐢𝐁𝐢𝐤𝐞𝐫𝐬: 𝐮𝐧𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐮𝐯𝐢𝐚Sábado por la noche. El cielo amenazaba con descargar toda su ...
18/08/2026

𝐑𝐨𝐝𝐚𝐝𝐚 𝐍𝐨𝐜𝐭𝐮𝐫𝐧𝐚 𝐄𝐥𝐞𝐜𝐭𝐫𝐢𝐁𝐢𝐤𝐞𝐫𝐬: 𝐮𝐧𝐚 𝐚𝐯𝐞𝐧𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐮𝐯𝐢𝐚

Sábado por la noche. El cielo amenazaba con descargar toda su furia y, por momentos, parecía que la lluvia sería suficiente para suspender la ruta. Una ligera brisa comenzó a recorrer el camino, pero entre nosotros el objetivo estaba claro: había que completar el Circuito ElectriBikers.

La aventura comenzó en El Progreso, después de hacer una escala obligada en casa de Juan José para degustar un delicioso pipián verde, de esos que no solamente alimentan el cuerpo, sino que también cargan de energía al ciclista antes de enfrentar los kilómetros nocturnos.

Con las piernas listas y las bicicletas en marcha, comenzamos a rodar rumbo a Teacalco de Dorantes. La ligera brisa nos acompañó durante buena parte del trayecto, mientras la noche comenzaba a envolver el paisaje. Poco antes de llegar a Huaquechula, el asfalto ya estaba completamente mojado. La lluvia no había llegado con fuerza, pero el camino nos advertía que la noche tendría sus propios desafíos.

Hicimos una breve parada en el zócalo de Huaquechula, donde la oscuridad contrastaba con la imponente belleza del exconvento franciscano. Un instante para contemplar la historia y la arquitectura del lugar… y nuevamente a las bicicletas.

A partir de ahí, el ritmo aumentó. Rodamos con prisa rumbo a Santo Domingo Ayotlicha, donde tuvimos la oportunidad de encontrarnos con un integrante más de la familia ElectriBikers Juan Carlos. La noche seguía avanzando y nosotros también.

Al llegar a Matlala, la oscuridad ya era absoluta. El aire fresco golpeaba el rostro y aquella sensación de frío resultaba, paradójicamente, agradable. Era una de esas noches en las que pedalear se convierte en una experiencia completamente distinta: sin el calor del sol, sin el ruido del día y con el camino iluminado únicamente por nuestros faros.

Entonces llegó el momento de abandonar el asfalto.

Nos internamos por las brechas de terracería, rodeados por campos de cultivo. La noche se volvió más profunda y el silencio únicamente era interrumpido por el sonido de las bicicletas avanzando sobre la tierra.

Kilómetro tras kilómetro, el paisaje comenzó a transformarse. Aparecieron los primeros ahuehuetes y, poco después, el sonido del río anunció nuestra llegada a Coatepec. La naturaleza nos daba la bienvenida en medio de aquella aventura nocturna.

Tomamos nuevamente un tramo de carretera hasta llegar a Tepapayeca, donde hicimos otra pausa para saludar a nuestro amigo Chepe “El Toro”. Una charla, un refresco y unos minutos para recuperar el aliento fueron suficientes para volver a montar.

La ruta todavía no terminaba.

Retomamos el camino de regreso hacia casa. Al llegar a Tlapanala, Juan Carlos se despidió del grupo para emprender el regreso hacia su natal Santo Domingo Ayotlicha.

Mientras tanto, Rubén y Juan José continuaron juntos. El camino se convirtió en un largo falso plano rumbo a Cacaloxúchitl. Las piernas ya acumulaban kilómetros, pero la satisfacción de haber completado cada tramo hacía que el cansancio pasara a segundo plano.

La noche finalmente llegaba a su último capítulo.

No hubo lluvia torrencial. No hubo grandes obstáculos. Pero sí hubo algo mucho más importante: kilómetros compartidos, caminos mojados, brechas oscuras, risas, encuentros y la hermandad que solamente se construye sobre una bicicleta.

Así terminó una nueva aventura de los ElectriBikers.

Una rodada que comenzó bajo la amenaza de la lluvia y terminó convertida en otra historia para guardar en la memoria.

Porque algunas rutas se miden en kilómetros… pero las mejores se miden en experiencias.

Rodada Nocturna ElectriBikers.
La noche fue nuestra ruta. La bicicleta, nuestra compañera.

𝑹𝒖𝒕𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝑪𝒉𝒊𝒍𝒆 𝒆𝒏 𝑵𝒐𝒈𝒂𝒅𝒂 6:00 de la mañana. El día apenas comenzaba a despertar y el sol asomaba tímidamente sobre el ho...
11/08/2026

𝑹𝒖𝒕𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝑪𝒉𝒊𝒍𝒆 𝒆𝒏 𝑵𝒐𝒈𝒂𝒅𝒂

6:00 de la mañana. El día apenas comenzaba a despertar y el sol asomaba tímidamente sobre el horizonte. Las bicicletas estaban listas, las piernas preparadas y el objetivo perfectamente trazado: rodar por los caminos hasta Calpan, atravesando montañas, campos de cultivo, pueblos llenos de historia y, sobre todo, descubrir una vez más que el ciclismo es mucho más que kilómetros acumulados. La ruta comenzó puntualmente en Los Ahuehuetes de Huiluco, donde los primeros kilómetros transcurrieron entre la quietud de la mañana y esos paisajes que parecen detener el tiempo. Poco después, el camino comenzó a elevarse hacia las faldas de las montañas de la Sierra del Tenzo. La montaña marcaba el ritmo. Entre caminos rurales y paisajes abiertos, avanzamos hasta encontrarnos con la Hacienda El Tejonal, uno de esos lugares que parecen contar su propia historia a quienes pasan frente a ellos. Sin detener demasiado el paso, continuamos rumbo a Calpan mientras el contador de kilómetros comenzaba a crecer. Atravesamos los campos de cultivo de Tlamapa. El paisaje cambiaba constantemente: parcelas, caminos de tierra, árboles y montañas acompañaban cada pedalazo. En el camino nos encontramos con Azucena Santamaría, “Zuka”, Zukmya Shaadourli de Teporingos MTB Nealtican una gran amiga que conocimos durante la Ruta Totonacapan. Lo que comenzó como un encuentro inesperado terminó convirtiéndose en una de las piezas fundamentales de esta aventura. Zuka conoce estos caminos como pocos. Su cercanía con Calpan y su profundo conocimiento de los valles de la región la convirtieron en nuestra guía, compañera y prácticamente en nuestra anfitriona durante los kilómetros siguientes. Primero nos llevó a conocer un antiguo puente por donde alguna vez cruzó el ferrocarril. Un vestigio de otra época, escondido entre los caminos, que hoy permanece como testigo silencioso de la historia de esta tierra. Después retomamos las bicicletas rumbo a San Andrés Calpan. La ruta adquirió entonces un significado diferente. Ya no se trataba solamente de conquistar kilómetros. Pedaleábamos entre campos sembrados de chile y huertos donde nacen algunos de los ingredientes que dan identidad a uno de los platillos más emblemáticos de la gastronomía poblana: el chile en nogada. A nuestro paso aparecieron el durazno criollo, la manzana panochera, la pera lechera y la granada. Cada pedalazo parecía acercarnos no solamente a nuestro destino, sino también a una parte de la historia y las tradiciones de Puebla. Finalmente llegamos a Calpan. Y ahí estaba la recompensa. Un ambiente espectacular, lleno de folklore, tradición y alegría. La arquitectura de su ex convento, la calidez de su gente y, por supuesto, el momento que todos estábamos esperando: La recompensa. El plato apareció frente a nosotros, Chile en Nogada, después de kilómetros de montaña y caminos rurales, aquel primer bocado sabía diferente, no era solamente comida, era parte del territorio, parte de la historia, parte de la ruta, porque hay momentos en los que un ciclista entiende que la verdadera recompensa no siempre está en cruzar una meta. A veces está sentada sobre una mesa, sentarnos a degustar un auténtico chile en nogada, después de tantos kilómetros, el sabor sabía diferente, sabía a victoria. Pero la aventura todavía no terminaba. El regreso nos tenía preparada otra sorpresa: San Nicolás de los Ranchos, tierra reconocida por su producción de nuez de Castilla. Ahí volvimos a subirnos a las bicicletas para internarnos entre los nogales. Rodamos a campo abierto, atravesando huertos, árboles frutales y enormes nogales que han permanecido ahí durante generaciones. Algunos de ellos superan los 150 años de antigüedad. Por un instante, el ritmo de la rodada volvió a cambiar, ya no importaba la velocidad, importaba disfrutar el paisaje, respirar el aire del campo y entender que cada ruta tiene algo diferente que contar, el cielo comenzó a oscurecer, la lluvia amenazaba con aparecer y las piernas, después de tantos kilómetros, comenzaban a exigir descanso. Pero había algo más fuerte que el cansancio: la satisfacción de haber cumplido el objetivo. Finalmente emprendimos el camino a casa. Strava marcaba oficialmente 111 kilómetros recorridos. Aunque para uno de nuestros compañeros la historia fue todavía más exigente: terminó acumulando nada menos que 148 kilómetros. No fueron solamente números, fueron horas sobre la bicicleta, caminos recorridos, historias descubiertas, paisajes conquistados y momentos compartidos. Toda gran ruta tiene personas que hacen que la experiencia sea todavía más especial. Y esta vez, ese reconocimiento tiene nombre y apellido: Azucena Santamaría, “Zuka”. Gracias infinitas por tu hospitalidad, por abrirnos las puertas de tus caminos, por guiarnos, por compartir tu tiempo y por estar pendiente de nosotros durante el recorrido. Gracias por tu disponibilidad, tu atención y, sobre todo, por compartir esa pasión que te mueve: el amor por el ciclismo. Nuestra admiración por tu dedicación, por conocer y recorrer estos caminos, y por demostrar que el ciclismo también se construye con amistad, compañerismo y generosidad. Porque al final, una ruta no se mide únicamente en kilómetros. Se mide en los lugares que descubrimos, en las personas que encontramos y en las historias que regresan con nosotros a casa. Y esta vez, entre ahuehuetes, montañas, campos de chile, nogales centenarios y un inolvidable chile en nogada, nos llevamos una historia que seguramente volveremos a pedalear.

Dirección

Huaquechula
74375

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