16/09/2026
𝐑𝐔𝐓𝐀 𝐃𝐄𝐋 𝐉𝐀𝐆𝐔̈𝐄𝐘
La mañana apenas comenzaba a despertar. En el centro de La Magdalena, Tepeojuma, seis bicicletas esperaban apoyadas mientras el aroma del café cargado se mezclaba con el del pan. Afuera, el día todavía no mostraba sus cartas. Pero nosotros sabíamos que en cuanto giraran las bielas, comenzaría la aventura. No había arco de salida, no había cronómetro, no había público. Solo seis ciclistas, sus bicicletas y un camino de 40 kilómetros dispuesto a recordarnos que en la montaña nada se regala. La Ruta del Jagüey estaba a punto de comenzar.
Las primeras pedaladas fueron tranquilas. El pelotón abandonó La Magdalena y se internó entre cañaverales, avanzando por caminos rurales que poco a poco comenzaron a revelar otro paisaje. Entonces aparecieron los agaves. Uno tras otro. Kilómetros de campos donde las plantas se levantaban sobre la tierra como pequeñas lanzas verdes. Por un instante, la imaginación hizo el resto. Aquello parecía Tequila, Jalisco. Pero entonces levantábamos la mirada y la postal cambiaba completamente. Allá, al fondo, aparecía el Popocatépetl, imponente, inmóvil, vigilante. El volcán acompañaba nuestro avance como si también formara parte del pelotón. Y mientras nosotros sumábamos kilómetros, el paisaje parecía avanzar con nosotros.
Todo cambia en una ruta de montaña cuando termina el valle. El terreno comenzó a elevarse. Las piernas empezaron a trabajar de otra manera. La respiración se hizo más profunda. Y aquella rodada que minutos antes parecía tranquila comenzó a convertirse en una verdadera aventura MTB. La vegetación cambió conforme ganábamos altura. Atrás quedaron los campos delante aparecieron las montañas. Cada curva escondía una nueva pendiente. Cada ascenso nos obligaba a administrar las fuerzas. Y entonces llegó uno de esos momentos que hacen que el sufrimiento valga la pena. Desde las alturas, el valle apareció completo ante nuestros ojos. Los campos de cultivo parecían dibujados sobre la tierra. Los caminos serpenteaban entre las comunidades. Y al fondo, nuevamente, los volcanes. Por unos segundos nadie necesitó decir nada. La montaña estaba hablando por nosotros.
La ruta continuó. Llegamos a los Ahuahuetes y después a San Miguel Ayotla. Hasta ese momento habíamos acumulado paisaje, kilómetros y buenas sensaciones. Pero la montaña todavía guardaba sus mejores cartas. Las pendientes comenzaron a sentirse con mayor intensidad. Las piernas empezaron a acumular fatiga. El sol subía lentamente y con él aumentaba la exigencia. El camino hacia Guadalupe Almolocayan parecía preguntarnos cuánto quedaba realmente en el tanque. Y la respuesta no estaba en el ciclocomputador. Estaba en las piernas.
Hay ascensos que se recuerdan por su distancia. Otros, por su inclinación. Y existen aquellos que se quedan grabados simplemente porque parece que nunca terminan. Este era uno de ellos. La mirada buscaba la cima. Pero la cima parecía alejarse. Una pedalada, otra, otra más, el cuerpo pedía tregua, la mente negociaba con las piernas, pero el grupo continuaba. Porque en la bicicleta hay una regla no escrita: cuando las piernas quieren detenerse, la voluntad decide si todavía queda una pedalada más.
Y llegó, la cima, el punto más alto, el momento de detenerse, recuperar el aliento y mirar hacia atrás. Habíamos ganado la batalla del ascenso. Ahora tocaba disfrutar la recompensa. Antes del descenso, una última revisión, frenos, casco, posición y adelante. La bicicleta comenzó a ganar velocidad rumbo a San Francisco El Astillero, el viento golpeaba el rostro, la montaña quedaba atrás. Las piernas dejaban de empujar y comenzaban a disfrutar. En esos instantes, el ciclismo vuelve a recordarnos por qué hacemos esto. Porque después de sufrir una subida interminable, llega ese descenso en el que solamente existe el camino, la bicicleta y el siguiente metro de terreno. La montaña había cobrado su precio y ahora estaba entregando la recompensa.
En San Francisco El Astillero llegó el momento de hacer una pausa de hidratación, reabastecimiento. Unos minutos para recuperar fuerzas. Porque todavía quedaba regresar a La Magdalena, el grupo retomó el camino. Ya no éramos los mismos seis ciclistas que habían salido aquella mañana con café y pan. Ahora llevábamos encima kilómetros, cansancio, sudor y una nueva historia que contar. El odómetro seguía avanzando, la meta comenzaba a acercarse.
Y finalmente apareció nuevamente La Magdalena. La Ruta del Jagüey tenía una última sorpresa. En El Jagüey no esperaba un cronómetro. Esperaba una mesa y sobre ella, una recompensa digna de cualquier etapa de montaña: barbacoa y consomé.
Después de 45 kilómetros, pocas cosas saben tan bien como sentarse con los compañeros y compartir los alimentos, las bicicletas descansaban, las piernas también. Y las conversaciones comenzaron a reconstruir la jornada. Y entonces llegaron los protagonistas del cierre: los tradicionales elotes asados de Tepeojuma. La aventura estaba oficialmente terminada, pero la convivencia apenas comenzaba.
Al final, nadie preguntó quién había llegado primero, porque ese día no se trataba de vencer a otro ciclista. Se trataba de vencer el cansancio, de conquistar las pendientes, de descubrir caminos, de detenerse para contemplar un paisaje, de esperar al compañero, de compartir agua, de reír después de una subida y de sentarse juntos al terminar.
Porque esa es una de las grandes cosas que tiene el ciclismo: puedes comenzar una ruta siendo compañero de rodada y terminarla sintiendo que formas parte de una hermandad.
La Ruta del Jagüey dejó 40 kilómetros en las piernas. Pero dejó algo mucho más importante en la memoria. Agaves, cañaverales, montañas, volcanes, descensos, barbacoa y elotes. Y seis ciclistas que, por unas horas, hicieron del camino su propia historia. Porque los kilómetros se registran en Strava. Las batallas quedan en las piernas. Pero las historias esas se quedan para siempre.