25/07/2026
No soy de subir fotos de cuando era niño. De hecho, casi no tengo.
Hoy las vi y no pude evitar detenerme un momento.
Ese pequeño de las fotos todavía no sabía de las carencias que lo acompañaban. No entendía muchas cosas; simplemente vivía, soñaba y hacía lo mejor que podía con lo que tenía.
Con el paso de los años uno empieza a comprender el origen de muchos miedos, inseguridades y patrones. Descubres que crecer no consiste solo en cumplir años, sino en tener el valor de mirar hacia atrás, abrazar a ese niño y hacer las paces con él.
Poco más de Cuatro décadas después de mi nacimiento, siento que apenas estoy comenzando a trascender muchas de esas heridas. No desde el resentimiento, sino desde el perdón, la gratitud y la responsabilidad de convertirme en el adulto que ese niño necesitaba.
Y, sobre todo, entendiendo que hubo alguien que nunca dejó de verlo, incluso cuando él no era consciente de ello.
Jesús siempre estuvo ahí. Aun cuando yo no podía verlo, Él ya conocía mi historia, mis lágrimas, mis luchas y el propósito que tenía para mi vida. Hoy entiendo que sanar no es borrar el pasado; es permitir que Cristo transforme aquello que un día nos dolió en un testimonio de Su gracia.
A ese pequeño solo quiero decirle:
“No tengas miedo. Todo va a estar bien. No perderás tu esencia. Un día descubrirás que nunca estuviste solo. Jesús caminará contigo en cada etapa, sanará lo que nadie veía y te enseñará que tu identidad nunca estuvo en tus heridas, sino en el amor que Él siempre tuvo por ti. Y créeme… valdrá la pena no rendirte.”
🤍✝️