09/29/2026
Tuve una clienta que, en nuestra primera sesión, no pudo responder una pregunta simple: ¿qué hacías antes, solo por gusto, que ya no haces?
Se quedó en silencio un buen rato. Después dijo: "no me acuerdo."
Había dejado de pintar "porque no había tiempo". Había dejado de ver a sus amigas seguido "porque el negocio lo necesitaba más". Había dejado de moverse por gusto y solo lo hacía por disciplina. Todo eso se fue quedando en pausa, una decisión pequeña a la vez. Nunca fue una renuncia consciente. Fue "ahora no, después". Y el después no llegaba.
Un día me contó que había encontrado fotos viejas de ella haciendo algo que amaba, y no recordaba la última vez que lo había hecho. Me dijo que sintió una tristeza que no esperaba.
Ahí trabajamos algo que no esperaba encontrar: había estado sosteniendo tanto —el negocio, la familia, a su equipo— que había dejado de sostenerse a sí misma en lo que no rinde, en lo que no se mide, en lo que solo era suyo.
Empezamos por recuperar, de a poco, esas partes pausadas. No todas a la vez. Una cita con ella misma cada semana. Un espacio sin propósito productivo. Permiso para hacer algo solo porque sí.
Meses después me escribió para contarme que había vuelto a pintar. Dijo que no era buena todavía, pero que no importaba. Que ya no necesitaba que rindiera para permitírselo.
Te cuento su historia porque no es única. Es, probablemente, la de muchas mujeres que me leen ahora mismo.
La diferencia no es no pausar nunca. Es no olvidar que puedes retomar.
Sígueme si quieres seguir siendo ambiciosa y aun así tener paz, salud y relaciones sanas.