28/10/2024
"-Capitán Bermúdez, hágame un informe sobre los hombres llegados desde la Punta de San Luis.
-Señor, son 111 bastante enteros. 55 fueron incorporados al primer batallón y 56 al segundo. Los ubiqué en barracas, solteros por un lado y casados por otro, mezclados negros, mulatos, indios y paisanos, como usted indicó.
Hay un par de pendencieros que ya estaquié por retobados, pero la mayoría están tranquilos. Los que llegaron en malas condiciones fueron mandados al hospital y van volviendo de a poco. A esos les estoy dando tiempo para que se recuperen antes de hacerlos m***ar, la cagadera los ha dejado muy débiles.
Los mejores son los ranqueles, son callados y respetuosos, y saben m***ar. Y hay un paisano que está dando una mano en la caballeriza, lo veo serio y entusiasmado, y los demás parecen obedecerlo. Se llama Baigorria. Lástima que está enfermo, y voy a tener que mandarlo que lo vean.
-Bien. Esta tarde lléguese hasta el hospital a ver a los enfermos y pregúnteles como los tratan, y fíjese que comida les dan.
-Seguro, señor.
-Y, capitán…¿cómo anda la familia?
-Bastante bien, señor. Los he mandado a vivir un tiempo en casa de mi hermana, acá en El Tigre, porque yo no los puedo cuidar con tanto trabajo que tenemos en el cuartel.
-Le agradezco el compromiso, Bermúdez. Y téngame al tanto si las necesidades se le hacen muy pesadas, no quiero que mis buenos oficiales anden preocupados por la provista de los hijos. ¡Si logro sacar un par mas de oficiales como usted, amigo, el camino que tenemos por delante ha de ser mucho mas parejo! Ahora, vaya y mándeme al puntano ese que me dice.
El capitán no contestó. Alzó la cabeza muy alto, casi exageradamente, con la barbilla apuntando al pecho de San Martín, y se llevó de un golpe la mano a la altura de la frente, al costado de la cabeza, apenas sobre los ojos, la palma hacia abajo y el pulgar escondido tras los cuatro dedos bien juntos. Y sonrió de satisfacción mientras se marchaba.
Al rato, dos suaves golpes se oyeron en la puerta.
-¡Adelante!
Abrieron tímidamente, y bajo el dintel se recortó la silueta de un hombre alto y flaco, de nariz aguileña y corto cabello negro, que entró al despacho pidiendo perdón y permiso.
-Buenas tardes, señor. ¿Me ha mandado llamar?
-Si usted es el puntano del que bien me han hablado, sí.
-No sé, señor. Soy Juan Bautista Baigorria, y el capitán me ordenó presentarme ante usted.
San Martín lo miró detenidamente y, como tantas veces, se complació en reconocer a un buen hombre cuando lo veía. Sabía que Dios le había dado ese don, y nunca se equivocaba. La primera impresión que tenía de la gente era siempre la correcta.
-¿Gusta un mate, Baigorria?
-Si fuera un poco de agua fresca, se lo agradecería más, señor. La cagadera me tiene a mal traer, ya le he pedido al teniente que me haga ver en el hospital, me estoy yendo en aguas con sangre.
-Quédese tranquilo, ya he dado la órden. Me ha comentado su capitán que m***a muy bien, y que está dando una mano con la amansada.
-Así es, señor. Allá en El Chorrillo los amanso a nuestra manera, como nos enseñaron desde chiquitos. Con las manos y la boca. Tocándolos mucho y hablándoles, sin guacha ni manea. También sé herrar y trenzo cabestros, frenos y riendas. Pá lo que guste mandar.
-¿Cuantos años tiene?
-22, señor, más o menos. Nací en el campo, y mis padres no sabían de anotar críos.
-Vea amigo, los he visto m***ar y se nota que son diestros y corajudos, como todos los de la Punta. Pero van a tener que aprender a estribar, no se
puede cargar sableando sin un buen apoyo, los necesito parados y firmes en los estribos para pechar con toda la fuerza del animal.
-Señor, usted sabe que los indios no usan estribos, m***an de un solo salto por las ancas del caballo y lo aprietan con las piernas, y nosotros así hemos aprendido. Acá todos trabajamos en las estancias de don Tomás y así estamos acostumbrados desde siempre.
-Ya lo sé, hombre, y no crea que le digo esto solo por molestar, pero ahora con el sable colgando a la derecha necesitarán un apoyo para poder volear la pierna y m***ar, y las botas que les daré deberán ir afirmadas con la punta en el estribo. Si no los van a voltear al primer empellón, y soldado en el suelo es soldado mu**to. Tendrán que cambiar algunas de sus costumbres, le aseguro que es por su bien. Y lo necesito a usted para que me ayude con los muchachos, sé que los demás le hacen caso.
-Entiendo señor, yo tampoco quiero que me los maten. Voy a ver que puedo hacer, pasa que no soy indio y los ranqueles no son de aceptar ideas de quien no lo sea. Pero lo voy a intentar.
-Gracias, amigo. La Patria nos necesita a todos. Cuente con San Martín.
-Gracias, señor. Y usted cuente con Baigorria, en el cuartel o en la batalla".
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La imagen que ilustra es obra del artista Ramiro Gigliazza.
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