03/07/2020
Me acuerdo perfecto cuando le conté a un profe en la U que me iba a hacer la práctica profesional a Contulmo. “En los pueblos no se necesitan arquitectos”, me dijo escandalizado. Otro profesor agregó con voz reflexiva “lo complejo es que en esos lugares no se puede hacer nada, porque hay mucha gente pobre”, mientras sin darse cuenta arriscaba la nariz.
Mi llamado interno en cambio, era a trabajar desde las raíces. Conocer las necesidades básicas para proponer soluciones técnicas, ordenar, planificar. A mi entender, donde se necesitara “habitar” habría arquitectura, y aunque no me había cuestionado lo de la pobreza, en más de un ejercicio académico habíamos desarrollado proyectos para gente de escasos recursos.
La seguridad nunca fue lo mío. Pero ya había firmado la carta de compromiso y como pocas veces, estaba cumpliendo un sueño propio. Venía de tocar fondo en varias cosas y creía realmente que me haría bien trabajar en comunidad. Además sonaba lindo lo del servicio país, aunque solo fuera una práctica.
Llegué un 1 de mayo, asumí que el pueblo estaba dormido por el feriado. Después entendí que el ritmo era así. Menos mal había conocido a una señora en el bus, que se alegró mucho por mi llegada al pueblo y me dio su dirección por si necesitaba algo. Qué tierna, pensé. Pero después de caminar un rato, me di cuenta que lo único que podía hacer era buscarla, porque ni siquiera sabía dónde preguntar por alojamiento.
Apenas me recibió, la señora me pidió perdón por la humildad de su casa. Me hizo pasar a la cocina, donde había una mesa grande y su familia comiendo algo así como chunchules. “Que no me inviten, que no me inviten” rogaba yo en mi cabeza. Pero entre disculpas y amabilidades, ya estaba sentada ahí con el resto de los comensales. Me sirvieron un plato de sopa lleno de esas cosas blancas gigantes. Entendiendo que sería una ofensa no comer, con toda mi valentía agarré el tenedor, lo pinché en la amalgama y me lo metí en la boca con los ojos cerrados y sin respirar, entregada al sacrificio. Pero era un manjar, una fiesta en mi paladar. Una de las personas que había estado observando todos mis movimientos, me explicó: son callampas, champiñones como les dices ustedes. Perdone lo poco, pero hoy día fuimos a buscar y encontramos un montón. Esto es lo que comemos en esta fecha, se dan solas, es lo que la tierra nos regala.
Días como ése se repitieron tantas veces. Cuando caminaba mu**ta de frío por el cerro y llegaba a una casa como la de la foto. Me recibían avergonzados, y mientras se disculpaban por la sencillez, sacaban manteca y la ponían en una sartén reluciente sobre la cocina siempre encendida. Tiraban unos huevos y me los servían con pan amasado del amanecer. O me convidaban jamón serrano -no recuerdo el nombre que le daban-, hecho por ellos mismos para la provisión anual. Yo fascinada observaba todo. La madera desgastada, las soluciones constructivas, los niños moquillentos.
Unos meses después volví a la universidad para presentar mi informe de práctica y me encontré con los mismos profesores de principio de año. -¿Cómo te fue en el campo?- Me preguntaron sacando pecho con un casi imperceptible tono burlón. -Me fue súper bien-, les dije. -De hecho voy a volver, me contrataron para un proyecto de ordenamiento territorial y diseño de viviendas rurales. Ah, y descubrí algo súper importante- ellos ya me estaban mirando raro, pero ahí definitivamente capturé toda su atención. -Me di cuenta que en el campo hay menos pobres que en la ciudad. Porque allá no tienen deudas. Comen lo que les da la tierra, se preparan para los meses malos. En cambio acá todos vivimos endeudados, estudiamos y nos vestimos endeudados. A ellos les alcanza hasta para convidar-.
PD: Me saqué un 7 en el informe, pero ese es tema de otra historia.
Fundación Superación Pobreza - Servicio País
Gentileza :Carold Velásquez
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