30/08/2026
Los Muchos Caminos dentro del Camino
Es verdad: dentro de la Bujinkan, como en toda disciplina viva y compleja, existen muchos tipos de practicantes. Cada uno recorre este camino desde su propia historia, con sus propios ritmos, motivaciones y entendimientos.
Están quienes entrenan como si fuera un pasatiempo. Para ellos, ir al dōjō una vez por semana es una forma de moverse, desestresarse, socializar. Y está bien. Es su forma de conectar con el arte, aunque sea desde la superficie.
Luego están aquellos que se lo toman con más compromiso: entrenan varias veces por semana, asisten a seminarios, estudian los textos, escuchan con atención. Para ellos, el Budō ya no es solo un hobbie: es parte importante de su vida. Muchos de ellos, en algún momento, deciden cumplir un sueño y viajar a Japón. Hacerlo no los convierte automáticamente en expertos, pero sí marca un paso importante en su camino de búsqueda y conexión con la fuente.
También hay quienes entrenan con dedicación junto a un instructor, y además comienzan a enseñar. Ese doble rol —alumno y guía— exige humildad, estudio constante y autocrítica. Pero no todos lo entienden así.
Están los que solo dan clases, ya casi sin entrenar, y creen que aprender “de acá y de allá” —saltando de maestros, estilos o videos— los convierte en grandes expertos, simplemente porque tienen un título o un grado alto. Sin embargo, el grado no siempre refleja el nivel de comprensión, sino, muchas veces, solo el paso del tiempo.
Y también están aquellos que no dan clases, pero opinan sobre los que sí las dan. Incluso algunos con grados más bajos que critican públicamente a quienes llevan más tiempo o tienen mayor recorrido. Esto, lamentablemente, se ha vuelto común en tiempos de redes sociales, donde la libertad de expresión mal entendida se convierte en libertinaje, y el ego se disfraza de sabiduría detrás de una pantalla.
En los extremos, vemos más diferencias: algunos entrenan como si se prepararan para una jaula de MMA, llevando el cuerpo al límite físico, casi militarizado. Otros lo hacen como si fuera Taichi, suavemente, buscando solo la armonía y la lentitud. Y entre ambos polos, están los que han encontrado cierto balance: no entrenan ni brutalmente ni con flojera, sino con constancia, conciencia corporal y conexión con la esencia del arte.
Por supuesto, tampoco faltan los «opinólogos del teclado»: aquellos que no han pisado un dōjō en años, pero se dedican a copiar y pegar frases de maestros, sin haberlas vivido, sin haberlas transpirado, sin haberlas comprendido realmente.
Todo esto no es nuevo. Sucede desde hace décadas. No solo en Bujinkan, sino en muchas artes marciales, caminos espirituales e incluso en la vida profesional. La diversidad de enfoques, niveles de compromiso y estilos de pensamiento es natural. No se puede ni se debe uniformar.
Lo que sí puede —y debería— hacer un practicante sincero es entrenar su capacidad de adaptación, como lo haría un ninja: observar sin juicio innecesario, reconocer qué lo fortalece y qué lo debilita, virar hacia lo que le aporta paz y sentido, y no hacia lo que alimenta el ego, la crítica o la confrontación.
A mi entender y sentir según he recibido las enseñanzas de Hatsumi Sensei, el Budō de la Bujinkan es mucho más que defensa personal. Es un arte de vida, una práctica de adaptación continua, aceptación profunda y transformación interior.
Es un camino donde la técnica sin corazón no sirve, y donde el corazón sin disciplina se pierde.
Por eso, cada quien debería preguntarse:
¿Para qué entreno? ¿A quién sigo? ¿Desde qué lugar enseño o practico?
Y sobre todo: ¿Estoy caminando con humildad y coherencia?
Porque más allá de todo, la esencia está en eso:
"Vivir el Budō como una forma de armonizar el cuerpo, la mente y el espíritu, en paz con uno mismo y con los demás"
Tenryu, invierno 2025
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