Escaladores del Mundo

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06/10/2024

Reflexión para un domingo como hoy
Dijo el Papa Francisco:
“El Evangelio es siempre Evangelio de paz, y en nombre de ningún Dios se puede declarar ‘santa’ una guerra”.

Ha afirmado que la paz comienza en el corazón de cada uno de nosotros, tratando de extirpar de nuestro interior toda raíz de odio y resentimiento hacia quienes viven junto a nosotros.

Es, en realidad, nuestra mejor contribución. Pues, si bien no podemos controlar lo que hacen quienes se han erigido como el poder mundial, sin reparar en su naturaleza mortal y creyéndose invencibles amos del universo, sí podemos contribuir en nuestro entorno vital, iniciando en lo más íntimo: nuestro hogar y nuestra familia.

En un mundo donde conflictos como los de Siria, Ucrania o Gaza desafían constantemente nuestra comprensión de la paz y la justicia, es crucial preguntarnos: ¿Cómo respondemos como individuos y comunidades? La violencia a menudo se justifica en nombre de la defensa o la fe, pero el Evangelio nos llama a un camino diferente.

Nada puede ser tan exterior que pretendamos desconocer lo interior, que debe ocuparnos como nuestra primera necesidad. Lo demás escapa de nuestras manos y prácticamente está nuestra vida a merced de la decisión de otros.

Sin embargo, a pesar de esta realidad de facto, no estamos sometidos a ningún poder, a menos que se lo otorguemos nosotros mismos al someter nuestra libertad, más allá de cadenas físicas.

Pero, ¿es explicable el concepto de la “guerra santa” entre las culturas judía y musulmana? Ambos son doctrinalmente distantes, pero creen en el Dios de Abraham como único Dios. ¿De tal suerte que ese Dios conjunto declara una “guerra santa” entre dos pueblos hermanos?

En este orden de ideas, ese “Dios de los ejércitos, la ira y la venganza” que nos describe el Antiguo Testamento, ¿puede interpretarse como el mismo Dios al que Jesús llamó Padre?

Entonces, si la batalla es un derecho a la defensa y si reducimos tal agitación a lo que hierve en nuestro interior, ¿por qué Jesús no permitió a Pedro entrar en batalla cuando desenfundó su espada? Y, ¿Cuál es la razón para que Dios no defendiera a Esteban y, posteriormente, a todos los demás que terminaron en el martirio?

¿Por qué entonces el Papa dice que el Evangelio es un Evangelio de paz y que ninguna guerra puede ser santa? ¿Es el martirio el camino de los cristianos y no la guerra?

Evangelio significa “Buena Nueva”, el anuncio que debe traernos alegría y esperanza a todos los pueblos y naciones, sin distinción alguna de raza o cultura, mujeres, hombres, ricos y pobres. ¿Cómo puede, entonces, alguien que ha abrazado el Evangelio pretender que una guerra puede ser santa e intentar justificarla?

El apóstol Juan escribe en su primera epístola, capítulo 2, versos 3 al 6: “En esto sabemos que le conocemos: en que guardamos sus mandamientos. Quien dice: ‘Yo le conozco’ y no guarda sus mandamientos es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero quien guarda su Palabra, ciertamente en él ha llegado a su plenitud el amor de Dios. En esto conocemos que estamos en él. Quien dice que permanece en él, debe vivir como él vivió”.

Y si debemos vivir como él vivió, ¿no resulta contradictorio como cristianos justificar la guerra y la opulencia, cuando Jesús no se defendió, ni su Padre lo defendió? No tuvo ni trono ni riquezas, y como lo expresó Él mismo: “Las aves tienen nidos y las zorras cuevas, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza”.

Preguntas:
¿Qué ofreció Jesús como respuesta a Pilatos cuando le preguntó: “¿De dónde es tu Reino?”? ¿Recuerdan qué dijo cuando los fariseos le acusaron de expulsar al demonio con el poder del demonio? Y, ¿Qué le ofreció el diablo, vestido como beduino en el desierto, a cambio de adoración?

En última instancia, el Evangelio es un llamado a la paz, un recordatorio de que la guerra no es el camino de quienes buscan vivir en el amor y la verdad. Podemos, entonces, huir del martirio para salvar la vida, cuando Jesús advierte que quien salve su vida la perderá, y quien la pierda por causa de la justicia —hacer el bien— la salvará.

Últimas preguntas: ¿Cuál es la vida que se pierde y cuál la que se salva?

¿Es el Evangelio un Evangelio de paz?
Si es el Evangelio paz, ¿marcha Dios delante del fragor de la batalla? Y si no es Dios, ¿Quién es?

Alvaro de Jesús
Escritor.

29/09/2024

Reflexión para un domingo como hoy
Religión y política: qué tienen en común

A lo largo de la historia de la humanidad, la religión —cualquiera sea la confesión— y la política —cualquiera sea su ideología— han compartido una relación directa con el poder, ejercido a través de las emociones y el temor.

Ambas buscan nublar el razonamiento de individuos, grupos y hasta sociedades enteras, generando reacciones viscerales que desembocan en la división y el enfrentamiento entre los pueblos.

Este fenómeno, conocido como polarización, ha servido para mantener el poder, agrupando a las personas en bandos. Algo muy similar ocurre entre los aficionados, o mejor dicho, fanáticos del fútbol.

Desde las antiguas luchas y guerras de la humanidad, sentimientos como el triunfo y el honor caminan sobre escombros y ruinas, dejando una larga estela de muerte a su paso. Como habitantes de un planeta del cual no podemos escapar —y si lo hacemos, debemos regresar—, el hombre ha buscado enemigos entre las sombras de sus propias pasiones y frustraciones, las cuales se transforman en agonía y desesperación.
Es en este contexto donde la megalomanía hace su debut.

Si prestamos atención al megalómano —y los hay de todos los tamaños, desde el imperialista hasta el jefe de un clan o aquel que domina su hogar—, notamos que no se inclina por la persuasión mediante la razón, sino por la imposición a través del miedo, al cual ofrece a su vez una solución.

Si analizamos esta estrategia de poder basada en el miedo y la solución, veremos qué es exactamente lo que hacen quienes ocupan posiciones de poder, ya sea en el ámbito político o religioso.

El poder soberano, tal como lo concibe el ser humano, ha sido históricamente ejercido por monarcas y sus cortes, quienes lo imponen militarmente sobre sus pueblos o sobre otros pueblos mediante la conquista. En este contexto, la polarización —los partidismos— ha jugado un papel preponderante, controlando el fervor visceral de las masas populares.

El parlamento, surgido en las culturas griega y romana, aparentemente otorga a los pueblos el derecho de elegir a sus gobernantes. Sin embargo, aunque las discusiones se amplíen, el poder finalmente recae en manos de aquellos que logran imponerse sobre los demás, y sus conglomerados, divididos en partidos, terminan actuando de manera similar a las monarquías.

Con la religión sucede algo parecido. Aunque tiene matices propios, similares al ámbito político, en última instancia está bajo la tutela e interpretación humana, impuesta mediante el temor y la culpa. Este control se ejerce sobre la conciencia desde diversas confesiones, creando divisiones dentro de las comunidades.

A pesar de esto, tanto la religión —que significa la relación del hombre con Dios— como la política —una ciencia humana— son causas nobles y necesarias para la humanidad, dado que somos seres gregarios. Vivimos en sociedad. No obstante, tanto la política como la religión, cuando son envilecidas, pueden convertirse en instrumentos de opresión y humillación, en lugar de ser puentes que enaltezcan la vida y los valores fundamentales de los individuos y las comunidades.

No hay nada que envilezca más al ser humano que verse abocado al servilismo para mantener privilegios, o a implorar derechos a quienes se los niegan o se los conceden en migajas, rodeados de áulicos. Este sentimiento rastrero justifica cualquier acción para alcanzar el objetivo, sin importar la miseria que deje a su paso.

A lo largo de la historia, tanto la política como la religión han sido manipuladas y desfiguradas para servir a causas que las justifican, sin importar las consecuencias. En la actualidad, las sociedades parecen haber perdido por completo el sentido de la libertad, aunque se sientan libres.

En otras palabras, ya no hay grilletes que sujeten al individuo a los muros de la esclavitud ni oscuras prisiones; ahora la sujeción voluntaria a cadenas invisibles mantiene prisioneras las mentes, haciéndoles creer que las sombras proyectadas en el fondo de la caverna son la realidad y la libertad que buscan. Mientras tanto, la ansiedad y la desolación se calman con el anestésico del consumo, y la ideologización pervierte los valores fundamentales para la supervivencia.

No han caído las monarquías, no ha desaparecido la esclavitud ni el servilismo, porque son los que alimentan la megalomanía. Esta miseria se nutre de convertir a hombres y pueblos en miserables. Se alimenta del miedo y del fundamentalismo, capaz de transformar a las personas en depredadores.
La religión y la política fueron la mezcla que llevó al pueblo judío y al Imperio romano, encabezado por Pilato, a cometer el crimen contra el Hombre-Dios, quien proclamó que el amor es la única fuente de libertad para el hombre, esclavo de sus pasiones.

En resumen, tanto la religión como la política son inherentes a la vida humana, pero el peligro radica en su manipulación para oprimir y dividir. Mientras el miedo y el poder sean los motores que las impulsen, seguirán siendo herramientas de control y opresión.

Solo un retorno a sus principios más nobles, centrados en la razón, la verdad y el amor, permitirá que sirvan verdaderamente a la humanidad y promuevan la libertad y el bien común.

Alvaro de Jesús.
Escritor.

24/08/2024

Alvaro de Jesús. Escalador Escritor.
Cumpleaños 70
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Alvaro de Jesús.

Petro al Progresismo: O se unen o se hunden. 19/08/2024

Imperdibles Fuertes Palabras las del Presidente Petro, que obvio están levantando ampolla entre quienes creen que el uso de la palabra solo es para mentir, o hablar pendel@das como las de las vedettes del congreso y cámara.

Petro al Progresismo: O se unen o se hunden. Durante la Asamblea General del Partido Colombia Humana, el Presidente hace duras advertencias a su partido de cara a las Elecciones del 2026. Y se despacha ...

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Explorando el Espacio. ING Francisco Forero 21/07/2024

Explorando el Espacio con Francisco Forero: Ciencia Aeroespacial
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El Manual del Buen Facho 18/07/2024

Imperdible: Inna Afinogenova El Manual del Buen Facho

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16/07/2024
23/06/2024

Reflexión para un domingo como hoy.
La Lisonjería.
¿Diplomacia o Hipocresía?

Definición: “Acción y efecto de halagar o adular en exceso y de modo servil, diciendo lisonjas o haciendo favores que puedan agradar a alguien para obtener algún beneficio” -

Todos podemos ser lisonjeros en cierta medida, o en diferentes medidas dependiendo de las circunstancias. Es decir, tenemos esa capacidad de aproximarnos a otros con algún interés del cual podemos tener provecho, pero que necesitamos que aprueben, o se motiven.

Desde niños aparece la lisonjería, cuando por medio de halagos queremos obtener algo, o que se nos preste atención de parte de los padres.

¿Podríamos decir entonces que, la lisonjería hace parte o es sinónimo del ejercicio diplomático? Porque hay otras formas de obtener resultados de otras personas, pero cuando no se tiene la capacidad de ordenar, se puede recurrir a métodos de fuerza, de abierto engaño, fraude, mentira e incluso soborno o extorsión.

Sin embargo, puede parecernos que el ejercicio diplomático -que no es exclusivo de las cancillerías- sino del arte de vivir en sociedad, puede y debe tener la capacidad de persuadir. Capacidad esta que usó San Pablo con gentiles como los griegos e incluso con los mismos judíos.

La persuasión es el arte de llegar a acuerdos y trae consigo beneficios, aún usemos de lisonjerías como una forma de reconocimiento o halago para exhortar -animar- a otro u otros, a realizar determinada acción u apoyar alguna causa.

Hasta aquí, podríamos decir que ese arte de persuasión, siempre que sea benéfico, tiene la capacidad de llamar a la acción, o de traer paz donde hay desacuerdos o abismos de entendimiento.

¿Pero, en qué punto la lisonjería contribuye al arte de la hipocresía?
Observemos un claro ejemplo en el capítulo 12 del Evangelio de Marcos:
“Y envían donde él -Jesús- algunos fariseos y herodianos, para cazarle en alguna palabra”.
(Aquí ya existe una abierta intención de tenderle una trampa, para luego señalarlo)

“Vienen y le dicen: Maestro, sabemos que eres veraz y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas con franqueza el camino de Dios: ¿Es lícito pagar tributo al César o no? ¿Pagamos o dejamos de pagar?”.
(Nótese el uso del lenguaje antes de la pregunta. Si bien, cabe recordar que, frente a Pilatos una de las falsas acusaciones fue: “Incita al pueblo a no pagar tributo a Roma”.

Luego, la lisonjería o zalamería de sus palabras, y siendo maestros en el arte de la adulación -no la diplomacia- sino la hipocresía con la que entre ellos mismos se traicionaban por intereses de posición o políticos, terminaban en trampas sutiles logrando inocular emociones que levantaran reacciones. -Hagan memoria de las palabras de la serpiente a Eva en el Génesis-.

Jesús, hubiera podido despacharse un discurso político. Es obvio que tendría una opinión al respecto, pero no era esa su misión. No había venido a una confrontación política ni a concitar ejércitos libertarios, sino a llamar a la conversión por medio de la persuasión, incluso a los enemigos de Israel.

Marcos continúa narrando:
“Mas él, dándose cuenta de su hipocresía, les dijo: ¿Por qué me tentáis?”.

La lisonjearía mediante el uso de palabras cautivadoras e incluso posverdades, es decir, mentiras emotivas para emulsionar emociones, cuando su finalidad no es conciliadora o pacificadora -diplomática- raya en la hipocresía obedeciendo a intereses o fines perversos.

Jesús no se dejó cautivar de estos movimientos sutiles de quienes quisieron tenderle trampas, porque conocía el espíritu que los movía, las intenciones soterradas de sus acciones. El espíritu del mundo como le dijo a Pedro: “Piensas como los hombres”.

San Pablo tenía el arte de la palabra y la capacidad de concitar emociones en sus disertaciones frente a gentiles y judíos, por esto dice: “Me hago judío entre los judíos y griego entre los griegos, con tal de ganar algunos para Cristo”

¿Hipocresía? De ninguna manera. Diplomacia o arte de la persuasión. Pablo fue fuerte con los conversos que pretendían vivir un relativismo, una mezcla entre su antigua vida y la nueva vida. Pero con quienes debía conquistar sus corazones, fue como él mismo lo expresó: “Un padre en cuanto a la fe”.

Debemos resguardarnos del uso fraudulento de la lisonjería, primero en nosotros mismos. Pero siendo mansos como palomas, astutos para descubrir cuando la serpiente asecha nuestro calcañar para hacernos tropezar.

En otras palabras: Estar atentos, para sofocar cualquier asomo de hipocresía propia o en otros, y es esto lo que significa “discernimiento de espíritus” del que Pablo se refiere a los corintios.

Distinguir que intenciones nos mueven, o mueven a otros para no caer en nuestra propia trampa, o en la de otros.

Alvaro de Jesús.
Escritor Franciscano.

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