12/08/2026
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UNA VERDAD INCÓMODA.
Costa Rica entre el país que creíamos ser y el país que realmente somos.
“Estamos peor, pero estamos mejor. Porque antes estábamos bien, pero era mentira. No como ahora que estamos mal, pero es verdad.” Frase atribuida a Cantinflas.
El país que creíamos ser.
Hay frases nacidas para provocar una sonrisa que, con el paso del tiempo, terminan adquiriendo una profundidad que probablemente nunca pretendieron tener.
Esta es una de ellas. Su contradicción es solo aparente. Detrás del juego de palabras existe una idea inquietante: a veces descubrir que estamos mal constituye un avance frente a seguir creyendo que estamos bien.
Y quizá esa sea una de las verdades incómodas que Costa Rica necesita enfrentar.
Durante décadas construimos una imagen de nosotros mismos de la cual, con justa razón, nos sentimos orgullosos: el país sin ejército, la democracia estable, la nación de maestros y agricultores, la Caja Costarricense de Seguro Social, la educación pública como instrumento de movilidad social, el respeto por las instituciones y la solución de nuestras diferencias mediante el derecho y no mediante la fuerza.
Nada de eso fue una mentira. El problema comenzó cuando convertimos esos logros históricos en la creencia de que estaban garantizados para siempre.
Durante mucho tiempo repetimos que Costa Rica era un país seguro. Mientras lo decíamos, el narcotráfico fue penetrando comunidades, disputando territorios, reclutando jóvenes y modificando la naturaleza de nuestra criminalidad.
Hoy ya no podemos tratar el crimen organizado como una amenaza distante, propia de otras sociedades. Es un problema costarricense.
Pero quizá la pregunta verdaderamente importante no sea solamente cuántos homicidios ocurren cada año. La pregunta incómoda es otra: ¿qué ocurrió en nuestra sociedad para que la violencia que alguna vez consideramos excepcional comenzara a formar parte de nuestra cotidianidad?
Detrás del crimen organizado no existe solamente violencia. Existe dinero ilícito. Existe exclusión. Existe abandono educativo. Existe reclutamiento de jóvenes. Existe corrupción. Existe temor. Y, sobre todo, existe el riesgo de que el poder económico del narcotráfico intente penetrar las instituciones llamadas precisamente a combatirlo.
Por eso la respuesta no puede reducirse a policías, cárceles o aumentos de p***s. Necesitamos todo el peso de la ley contra quienes delinquen, pero también educación, oportunidades, inteligencia financiera, prevención, instituciones fuertes y una ciudadanía que se niegue a normalizar aquello que nunca debió convertirse en normal.
Defender la Caja también significa exigirle.
Algo parecido sucede con la Caja Costarricense de Seguro Social. Podemos sentir un profundo orgullo por nuestra seguridad social y, simultáneamente, reconocer sus deficiencias.
Una persona que espera durante meses una consulta especializada, un procedimiento o una cirugía difícilmente encuentra consuelo en que le recordemos la grandeza histórica de la institución.
Defender la Caja no puede significar negar sus problemas. Precisamente porque queremos preservarla debemos exigirle que funcione mejor: que administre mejor, que planifique mejor, que proteja sus recursos, que atienda oportunamente y que cobre aquello que legalmente corresponda respetando el debido proceso y los derechos de los administrados.
Las instituciones no se fortalecen ocultando sus errores. Se fortalecen corrigiéndolos.
La educación no puede vivir de su historia.
Durante generaciones afirmamos que Costa Rica tenía una de las mejores educaciones de América Latina. Y hubo razones para sentir ese orgullo. La educación pública fue uno de los grandes instrumentos de movilidad social de nuestra historia y una de las bases sobre las cuales construimos nuestra democracia.
Pero nuevamente corremos el riesgo de vivir del prestigio acumulado. El Estado de la Educación ha advertido sobre el deterioro de la calidad del sistema y los problemas acumulados en los aprendizajes.
El problema educativo no consiste únicamente en cuánto dinero invertimos. Debemos preguntarnos qué están aprendiendo nuestros estudiantes, qué oportunidades tendrán al abandonar las aulas y si la educación que ofrecemos corresponde al mundo tecnológico, productivo y social en el cual deberán desenvolverse.
Un país no puede declararse educado simplemente porque históricamente lo fue. Tiene que demostrarlo generación tras generación.
La democracia tampoco se hereda.
Quizá aquí encontramos la verdad más incómoda de todas. Los costarricenses nos acostumbramos tanto a la estabilidad democrática que comenzamos a tratarla como si fuera una característica natural de nuestro territorio.
Pero la democracia no funciona así. La democracia necesita instituciones, pero también límites.
El Poder Ejecutivo necesita controles. La Asamblea Legislativa necesita controles. El Poder Judicial necesita controles. El Ministerio Público necesita controles. Las municipalidades necesitan controles. Y quienes ejercen esos controles deben también rendir cuentas.
Ninguna persona y ninguna institución pueden estar por encima de la ley.
Criticar a una institución no significa atacarla. Podemos defender la independencia judicial y, al mismo tiempo, exigir un Poder Judicial más eficiente, transparente y accesible. Podemos cuestionar las decisiones de un Gobierno sin convertirnos automáticamente en enemigos del Gobierno. Podemos reconocer sus aciertos sin transformarnos en seguidores incondicionales.
Eso no es debilidad institucional. Eso se llama República.
El peligro de convertirnos en aficionados.
Tal vez uno de nuestros problemas actuales sea la creciente dificultad para reconocer matices. Pareciera que cada discusión nacional nos obliga a escoger un bando.
Si cuestionamos una decisión gubernamental, alguien inmediatamente nos coloca en la oposición. Si reconocemos un acierto del Gobierno, alguien pretende convertirnos en oficialistas. Si defendemos al Poder Judicial, pareciera que debemos justificar todos sus errores. Si lo criticamos, se supone que queremos debilitarlo.
Esa lógica es peligrosa. Porque cuando una sociedad sustituye el pensamiento crítico por la pertenencia a un bando, la política deja de ser deliberación y comienza a parecerse demasiado a un estadio.
Una República necesita ciudadanos, no aficionados.
El ciudadano puede reconocer que quien piensa distinto tiene razón en algo. El aficionado no. El ciudadano evalúa ideas. El aficionado defiende colores. El ciudadano cambia de opinión ante mejores argumentos. El aficionado necesita que los suyos ganen.
Y quizá Costa Rica necesita urgentemente recuperar una ciudadanía capaz de pensar sin preguntar primero de qué lado viene la propuesta.
Tal vez nunca estuvimos tan bien como recordamos.
Parte de nuestra frustración puede provenir de comparar la Costa Rica real de hoy con una Costa Rica idealizada del pasado. Pero aquella Costa Rica tampoco era perfecta.
Había corrupción. Había pobreza. Había desigualdad. Había burocracia. Había abusos de poder. Había delincuencia. Había ineficiencia.
Lo que probablemente existía era una mayor confianza en que nuestras instituciones tenían capacidad para enfrentar esos problemas. Y existía, además, una poderosa convicción colectiva: Costa Rica era diferente.
Quizá todavía lo sea. Pero ser diferentes nunca significó ser inmunes.
Una verdad incómoda.
Hace años conocimos un documental titulado Una verdad incómoda. Su tema era completamente diferente al que aquí abordamos, pero su título encierra una idea universal: existen realidades que preferimos no mirar porque reconocerlas nos obliga a actuar.
Nuestra verdad incómoda es otra: Costa Rica no está condenada, pero tampoco está garantizada.
No basta con haber abolido el ejército. No basta con haber construido la Caja. No basta con haber desarrollado un sistema educativo público. No basta con celebrar elecciones libres. No basta con recordar que fuimos una de las democracias más estables del continente.
Los logros de quienes nos antecedieron no constituyen un crédito ilimitado del cual podamos vivir eternamente. Cada generación recibe una República. Y cada generación decide si la entrega mejor o peor de como la recibió.
Saber que estamos mal no significa que estemos mejor.
Aquí es donde me permitiría agregar algo a aquella genial paradoja atribuida a Cantinflas.
Reconocer nuestros problemas es indispensable. Pero saber que estamos mal no significa automáticamente que estemos mejor. Solamente significa que tenemos la oportunidad de estarlo. Y la diferencia dependerá de lo que hagamos después.
Costa Rica necesita menos propaganda y más información. Menos fanatismo y más pensamiento crítico. Menos culto a las personas y más respeto por las instituciones. Menos búsqueda de enemigos y más búsqueda de soluciones. Menos nostalgia por el país que fuimos y más responsabilidad por el país que queremos dejar.
Necesitamos recuperar algo aparentemente sencillo, pero profundamente democrático: la capacidad de reconocer una buena idea, aunque provenga de alguien con quien normalmente discrepamos y la valentía de señalar un error, aunque lo cometa alguien a quien apoyamos.
Porque la democracia comienza a deteriorarse cuando dejamos de preguntarnos qué es correcto y comenzamos a preguntarnos solamente quién lo dijo.
Tal vez durante mucho tiempo creímos que estábamos bien y no quisimos mirar suficientemente nuestras grietas. Hoy algunas son imposibles de ocultar. Eso puede hacernos sentir que estamos peor. Pero también nos coloca frente a una decisión.
Podemos negar la realidad, buscar culpables y continuar dividiéndonos. O podemos reconocerla y corregir el rumbo.
Porque la mayor amenaza para Costa Rica no es descubrir que tenemos problemas. La verdadera amenaza sería acostumbrarnos a ellos.
Costa Rica sigue siendo un país extraordinario, pero ya no podemos seguir creyendo que eso basta para que continúe siéndolo.
Lic. Miguel Zamora Araya
Máster en Derecho Ambiental – UNIR, España
Doctorando en Administración de Empresas – UNINTER, México
Ex profesor universitario
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