19/12/2016
Lunes por la mañana. No pude escribir ayer una sola línea de esta crónica por razones obvias de resaca, pero hoy tengo la cabeza despejada y los recuerdos frescos que se apelotonan por salir. Prepararse que vienen curvas.
Como todos sabéis, es tradición entre los padeleros del CNAB organizar una cena de Navidad para reír juntos, bailar más juntos si cabe, mantener conversaciones que no tengan que ver con el pádel y vernos las caras vestidos de bonito, sin ropa de deporte de por medio. Hay que decir que tres de cuatro deseos se cumplieron. El cuarto, conociéndonos, era misión imposible. Vayamos por partes y lo entenderéis.
Nos presentamos todos en el restaurante de la Estación de Francia a la hora en punto. Éramos veinte y cada uno de nosotros llegó con un regalo para el Amigo Invisible debajo del brazo. En general fuimos todos discretos con los paquetes, menos uno que llegó con una mini tabla de surf envuelta en papel verde. Muy sospechoso todo aquello teniendo en cuenta que diez euros era el límite para el regalo.
Ni que decir tiene que las chicas se presentaron preciosas, radiantes, todas ellas. Con sus vestidos de fiesta, tacones a juego y el punto justo de maquillaje y sombra de ojos resplandecían sobre nosotros los chicos, que más o menos acertamos en combinar unos tejanos y un jersey con bufanda. Mirar las fotos y podéis ver quién realmente se tomó la cena en serio.
El local estaba en general bien, con una ambientación para cenar realmente chula. Una pena que solamente estuviéramos nosotros en la sala preparada para más de 100 personas. Faltaba un poco de ese “caliu” que dan mil conversaciones a la vez. Como no podía ser de otro modo, y mira que algunos lo intentamos, las chicas se pusieron a un lado y los chicos al otro. Yo me puse cerca de la frontera. Así podía oír conversaciones de pádel por un lado y comentarios inteligentes por el otro.
Cenamos bien, con su pica-pica, su salmón o redondo de ternera, y su tiramisú. Aunque a una velocidad de vértigo, fruto de que teníamos a cinco camareros, dos cocineros y un jefe con coleta a nuestra total disposición. Parecía que nos estaban cebando para sacrificarnos en Navidad. Y a pesar de eso, Sergi aún reclamaba su primer plato después del pica-pica. Alfred la dejó las cosas claras. La próxima vez come más croquetas y menos tomate, le dijo. Alfred no estaba para bromas con la comida. Lo tenía a mi lado y qué arte tiene respirando, hablando y comiendo a la vez. Eso no es ni medio normal. A mi otro lado tenía a Guido con su colega sentados en la misma silla. Qué tíos tan bien avenidos. Aunque el colega de Guido es un tipo calladito, come como un Campeón del Pedigree Pal.
Poco os puedo contar de las conversaciones inteligentes de las chicas, pues medio cerebro lo tenía luchando con Alfred y el colega de Guido por unas croquetas, y el otro medio intentando seguir una conversación entre Leandro, Santi, Guido y Alfred por una revancha que querían hacer el domingo en el Club. Parece ser que el jueves pasado jugaron Santi y Guido contra Leandro y Albert con desigual fortuna para éstos, y aquellos querían la revancha. Como Albert no entró al trapo con un escueto “No, merci”, Alfred se apuntó al sarao con la triste excusa de ir a recoger la moto al Club. La cosa quedó cerrada en cuanto le aseguramos a Leandro que tendría pelotas nuevas para jugar. Cómo echaba de menos oír a las chicas. La próxima cena, me hacéis un hueco en vuestra zona.
Como todo lo bueno se hace esperar, llegó el turno del Amigo Invisible. No confundir con el Colega Invisible, que estaba haciendo su merecida digestión a mi lado. Vanessa repartió unos papelitos con unos números que decidían el orden de recogida del regalo. No sé qué número tenía Sergi, pero el tío se lanzó a por el paquete que olía a peluca y gafas hippies. Me dijeron que es una tradición de Navidad, como el cagatió. Cada año Sergi pilla una y se comenta que tiene una habitación en su casa en plan exposición “Priscilla, Reina del desierto”.
Pobre Begoña. Ella quería la tabla de surf sí o sí, y a por ella que se fue. Y tuvo la sorpresa de la noche al abrir el paquete de Luis. No ha sonado muy bien, Mariajo. Lo siento. Quería decir el paquete verde de Luis. Oh, peor. Digo que le tocó una silla plegable. De esas que te solucionan un problema el día de Navidad en casa, pero te causan un marrón del quince cuando quieres ir de fiesta a bailar. Pero ya veréis que no, que fue un acierto, en parte gracias a Vanessa y en parte a Guido. Qué grandes amigos tienes, Begoña.
Después de repartir los regalos, y ver a una de ellas alegre como unas castañuelas con sus guantes granates verbeneros, y a uno de ellos sorprendido con unos posa-comidas botelleros rojos putón, decidimos poner música y estrenarnos karakoeando. Luis y Vanessa hicieron los honores. Pero poco duró la broma, el tipo de la coleta no hacía más que bajar el volumen invitándonos a abandonar el local por la puerta de atrás. Literalmente. Eso sí, antes pudimos oír a las chicas cantar “Mi gran noche”, un clásico de Raphael. Qué arte tenían, rediós. Y como una imagen vale más que mil palabras, os adjunto dos vídeos, para que podáis comparar el momento que entra Alfred con su vez de barítono. Sin comentarios. Vanessa, ¡qué joya tienes en casa! Por cierto, si veis un pibón del quince con peluca rosa al lado de Olga con diadema navideña, no es una de las chicas de Abba. Es Guido sacando la vena groupie. Marta, ¡no lo dejes escapar! Siempre te alegrará una fiesta en casa. Pero mantener el contacto con Sergi como proveedor oficial de pelucas.
Después del cachondeo, decidimos salir por el Born a tomar algo y bailar un poco. Mientras la mitad del grupo se despedía, aún con los ojos sangrando por el espectáculo del karaoke, llegaron Laura y Toni. Ella guapa a rabiar, y él con unos palos de golf para pasar el rato mientras cagas. No es broma. Ni lo uno ni lo otro.
Como éramos quince y una silla, ya que Begoña no quería abandonarla y Guido se ofreció cortésmente a ayudarla, decidimos que para tomar una copa y pegarnos unos bailes, lo mejor era el Mix de la calle Comerç. No tuvimos que esperar mucho en la cola. Sólo el tiempo necesario para que la chica de guardarropía atendiera a los que seis o siete que nos precedían. Alfred comentó que, como le faltaba un brazo a la pobre, le costaba dar el cambio y colgar el abrigo en la percha. La imitó tan bien que nadie pensó que se lo acababa de inventar el bandido.
El tiempo que estuvimos en la cola no fue tiempo perdido. La silla tuvo la culpa. Pregunta, ¿qué hacer cuándo estás en una cola de una disco, intentando entrar y llevas una silla plegable contigo?
a) La dejas entre dos motos como quien no quiere la cosa, esperando que nadie se la lleve y girando la vista para no verle la carita de pena que se le queda a la pobre, con sus patitas cromadas, y su plástico negro, tiritando de frío.
b) Le preguntas a Leandro si no le importa que le metamos la silla debajo del abrigo, ya que con ese pedazo de espalda que tiene le cabe la silla y media mesa camilla que había junto al container de basuras.
c) Agarras la silla y decides entrarla, pese a quien pese, pues las otras opciones eran inhumanas tanto para las sillas como para Leandro.
Respuesta correcta. Opción C. Aunque la opción A y B estuvieron en el aire unos minutos. Vanessa, con unos cojones más grandes que el caballo de Espartero, decidió entrar la silla. No ha nacido aún un portero de discoteca capaz de decirle nada a Vanessa cuando se pone chula. Yo, por si las moscas, entré antes que ella mirando al techo y silbando.
El local estaba a petar. Por si no habéis estado en Mix, es el típico local-pasillo de copas. O estás en la barra o estás en un pasillo de pie dejando paso a todo quisque. Pocas más opciones había. Fuimos moviéndonos hacia el fondo y tuvimos suerte. No sé cómo, pero Luis, Mariajo, Laura y Josep pillaron una esquina debajo de la cabina del DJ que nos permitió bailar decentemente. Apretados, pero como era en familia, nadie se quejó. Las chicas más listas que el hambre se subieron al sofá sacándose antes los zapatos. Guido quiso subir sin descalzarse, pero ellas no le dejaron.
Bailamos lo que se terciaba, y nos bebimos seis gintonics de Tankeray que Sergi pagó religiosamente. Sergi, ese cargo de 60 euros en la VISA que no recuerdas, es de ese momento. Que lo sepas. Bailamos de todo, desde chumba chumba a salsa agarraditos, desde “La bicicleta” con voces y coros de Alfred, hasta “La vida loca” en plan pasados de vueltas. Qué risas ahora que preparo la crónica. Tenía algún vago recuerdo pero, como siempre, la realidad supera con mucho a la ficción.
Allí estuvimos hasta el cierre del local. Algunos se fueron un poco antes, que tenían partido de revancha. Otros aguantamos como leones hasta que se encendieron las luces. Noche completa, noche Comansi. Al salir, Vanessa recuperó la silla. La había conseguido entrar en guardarropía y se la guardaban sin pagar un euro. Lo dicho, Espartero a su lado tenía un pony por caballo.
Nos despedimos en la esquina, ya que en esa zona los vecinos tiran baldes de agua a la mínima sospecha de ruido. Unos besos y unas promesas de nuevos encuentros para bailar fueron el colofón a una noche que pasará a la historia por muchas razones. Espero que no sea por esta humilde crónica. Vosotros fuisteis los protagonistas y me ha encantado revivir aquellas horas. Ahora son también vuestras.
Aquí tenéis todas las fotos y videos:
http://clubpadelbarceloneta.com/2016/12/19/cronica-una-cena-anunciada/ #1482152506983-968995eb-f15f
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