16/09/2026
Hoy, en el día 2 sin nuestro querido Antonio Fariña Rey, le hacemos el homenaje de republicar en nuestra página su artículo futbolero más sentido. Fue publicado por primera vez en este espacio el 9 de febrero de 2020:
MI GOL EN EL MUNDIAL
"En Junio de 1990, durante la celebración del Mundial italiano, fueron pocos los partidos que pude ver junto a mi padre, pero recuerdo con claridad que uno de ellos fue el Italia-Checoslovaquia de la primera fase. Era un partido sin mucha tensión, ya que ambos estaban clasificados y sólo se jugaban el primer puesto, lo cual llevó al seleccionador Vicini a sentar a su delantera titular (Vialli y Carnevale) y dar entrada a Schillacci (que ya había salido como sustituto en los dos partidos anteriores) y la joven promesa Roberto Baggio.
Mi padre llega en el descanso y me pregunta que cómo van, le digo que 1-0 con gol de Schillacci, “¿Y ese quién es?” (me pregunta); “Ese calvo, es de la Juventus y ya marcó el otro día contra Austria, pero el que es bueno de verdad es el otro, el de ricitos, se llama Baggio, jugó contra el Atlético de Madrid este año y ahora lo fichó la Juventus por una pasta (respondo); imagino que entonces seguiría algún comentario suyo sobre el dinero de la Fiat, porque es lo que hacía siempre que la Vieja Señora salía a relucir, pero no lo recuerdo con exactitud. Mi deseo era que Baggio hiciese alguna jugada que corroborase mi afirmación, pero los minutos van transcurriendo con un ritmo lento, muchas interrupciones, juego muy defensivo…lo normal en aquella época (para más información véase Mundial de Italia 90).
Hasta que el gigante Thomas Skhuravy marca un gol que es anulado por un fuera de juego más que dudoso, mi padre que empieza a mostrar sus dudas acerca de Italia (yo era muy “pro azzurri” en aquella época) y su joven delantera; poco después otro gol anulado a los checoslovacos, pero esta vez ni siquiera dudoso, un cabezazo en clamorosa posición correcta por casi dos metros que, él sabrá el porqué, el árbitro anula; “Los equipos grandes y jugando en casa…ya se sabe" (me suelta), y yo que tengo que callarme porque aquello no tiene defensa posible; los minutos siguen pasando, Italia ejerce un dominio estéril, mi padre (con clara intención de picarme) me dice: “Con esta delantera Italia no va a ninguna parte, el calvo aún lucha y se esfuerza algo, pero el 15 (Baggio todavía no se había ganado el 10 en aquel entonces) nada de nada”.
Pero a falta ya de pocos minutos, el joven Roberto hace la pared con el héroe local, Giuseppe Giannini, y recibe el balón pegado a la línea de banda izquierda a la altura de la línea divisoria de campos, regatea a un checo (o eslovaco, no sé) y se va a toda velocidad en diagonal hacia el área, dejando 2 ó 3 rivales por el camino, entra en la zona de castigo y toca con el interior del pie engañando como si de un penalti se tratase al portero Stejkal, todo un golazo que el jugador celebra dejándose caer sobre su espalda como si se tumbase en un prado a contemplar la noche romana; yo me giro hacia mi padre, que me dice “¡¡¡Ahora sí, qué golazo!!!”. Recuerdo perfectamente que no contesté, ni tampoco me tumbé en el suelo del salón como hizo Baggio, pero podría haberlo hecho porque esa era la misma sensación de liberación que yo notaba, un sentimiento de satisfacción como si yo hubiese marcado aquel gol, como si hubiese sido yo el que hubiese incurrido en campo contrario sorteando rivales y hubiese tocado al lado contrario sobre la salida del portero.
Eso fue una tarde-noche de Junio de 1990, tenía 14 años recién cumplidos y muchas ilusiones todavía; estaba lejos de imaginar o asimilar que eso sería lo más cerca que estaría nunca de marcar un gol en un Mundial."
Un texto del vendettista Antonio Fariña Rey.