25/05/2026
David,
Otra vez tú el primero en decir: «Venga, que nos vamos».
Siempre igual. Bastaba con que apareciera una travesía absurda, un viaje imposible o cualquier plan con muchos kilómetros y poco sentido, y ya estabas apuntado antes de que el resto hubiéramos terminado de entender de qué iba la cosa. Detrás íbamos todos. Contigo daba igual el frío, la distancia o el madrugón criminal: lo importante nunca era la travesía. Lo importante eras tú, liándonos para compartirla.
Todavía cuesta imaginar el agua sin verte aparecer con una sonrisa en la cara, hablándonos del táper de pasta de Lourditas de la noche anterior. Prometiendo que esta vez sí, que aunque eran varios miles de kilómetros de nado, ésta la íbamos a disfrutar como nunca. «Un gel cada cincuenta minutos y todo arreglado.»
Tenías un talento especial para hacer que todo pareciera posible. Y aunque cinco minutos antes de la prueba uno tomara conciencia de que meterse en aquello había sido una pésima idea, bastaba mirarte una vez empezada para que todo cambiara. Veíamos a la orca que llevabas dentro —porque lo de delfín se te quedaba pequeño; en presencia y en volumen, todo hay que decirlo— y se nos contagiaba la determinación. Una orca que se metía en el mar y se llevaba al grupo entero detrás.
Eras capaz de convencer a un ciego de sus posibilidades en el tiro olímpico, de que diez kilómetros en mar abierto eran «un paseíto», o de que nuestra técnica dejaba a Phelps mirando con envidia desde la orilla. Un embaucador de manual. Siempre nos llevabas al huerto.
Y ahí nos tenías luego, en mitad del mar, reventados, maldiciéndote entre brazada y brazada mientras pensábamos: «La madre que trajo a David». Y tú, con tu sonrisa, siempre contestabas: «¿En qué sitio mejor podrías estar? Somos unos privilegiados. Tómate otro gel, que te veo genial». Y llevabas razón, disfrutábamos de lo lindo y al final siempre llegábamos. Vaya si llegábamos. Al salir del agua ya estábamos esperando la siguiente llamada, la siguiente locura, el siguiente: «Venga, que nos vamos».
Porque tenías esa rara capacidad de contagiar las ganas. Ganas de nadar, de viajar, de reírnos, de vivir un poco más intensamente. Hacías sentir a cualquiera mejor de lo que él mismo creía ser. Qué difícil es eso, David. Sacar lo mejor de cada persona.
No hacía falta mucho para conocerte y entender que nadar era solo la excusa. Lo importante venía después. La cerveza que nunca era una cerveza. La sobremesa eterna haciendo planes, organizando cómo cruzar medio mundo detrás de otra travesía imposible. Regalando vida sin pedir nada a cambio. Planificando el siguiente «sinsentido deportivo» —bueno, tú no, que de todo se encargaba tu Lourditas— y el resto dejándonos arrastrar encantados, como siempre.
Si tuviera que definirte con una palabra elegiría «disfrutón». Por encima de todo, y de todos. Supongo que eso fue lo único en lo que Lourdes tuvo que ceder: en dejarte ser como eras. Lo contrario habría sido condenarte a ser un proyecto de ti mismo, una versión mediocre del David que todos queríamos. Cuánto amor hay detrás de esa decisión, mi querido David.
Hay gente que ocupa espacio y gente que deja huella. Tú dejabas las dos cosas. Entrabas en cualquier sitio y parecía que todo se volvía más fácil, más alegre, más vivo. Sin esfuerzo. Sin postureo. Te salía solo.
Y supongo que por eso duele tanto esto. Porque hay personas cuya ausencia deja silencio, y otras cuya ausencia cambia la forma en que recuerdas la felicidad. Tú eres de esos. De los que exprime la vida con hambre, con ruido, con ganas. Como hay que hacerlo. Te lo compro para mí.
El Natación Sevilla de hoy no se entiende sin ti. Eres indispensable para entender lo que somos: nuestra forma de afrontar el deporte, el compañerismo y la vida. Lo importante no es el cronómetro, como te esmerabas en demostrar, lo importante es la calidad del tiempo entre brazada y brazada.
Me va a costar mucho volver al agua sin verte aparecer diciendo alguna barbaridad para convencerme de otra aventura disparatada. Mintiendo sobre lo bueno que soy y lo bien que deslizo. Mucho. De verdad (que, por cierto, sé que se lo decías a todos y a todas).
Un apunte final. Ni se te ocurra ir organizando algo ahí arriba, porque te aviso desde ya que cuando yo vaya no pienso llevarme ni la bici ni el neopreno. Y sin mi bici o mi neopreno no pienso acompañarte a ninguna otra locura.
Aunque me temo que, conociéndote, ya te inventarás algo.
Tu ausencia no deja vacío, mi querido amigo, deja mar que nos seguirá acompañando en cada brazada.
Te queremos.
José A. y tu familia del Natación Sevilla
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