08/09/2026
ANTES DE LA MARCHA NÓRDICA, ESTÁ LA MARCHA HUMANA
A veces tengo la sensación de que llevamos años intentando definir cómo debe moverse un marchador nórdico cuando quizá hemos empezado la pregunta demasiado tarde.
Antes de la Marcha Nórdica está la marcha humana.
Y la marcha humana no es un gesto que haya inventado ninguna escuela ni ningún método.La marcha humana es el resultado de millones de años de evolución hacia una forma extraordinariamente eficiente de desplazarnos.
La organización del centro de masas, el mecanismo de péndulo invertido, la extensión de cadera, la contrarrotación pélvica-escapular, la coordinación entre segmentos o el aprovechamiento de la energía elástica forman parte de esa eficiencia.
Todo eso ya estaba ahí antes de que apareciera la Marcha Nórdica.
Eso no significa, sin embargo, que cada uno de nosotros utilice espontáneamente ese patrón de la manera más eficiente posible.
El cuerpo se organiza para resolver una tarea con los recursos de los que dispone y puede encontrar soluciones que le permiten avanzar, aunque no aprovechen plenamente los mecanismos que hacen eficiente la marcha humana. Hábitos adquiridos, limitaciones de movilidad o determinadas compensaciones pueden modificar nuestra manera de caminar.
Por eso, mejorar la técnica no debería consistir en imponer al cuerpo una forma artificial de movimiento, sino muchas veces en recuperar capacidades de movimiento que forman parte de nuestra propia estructura y que nuestros hábitos pueden haber ido limitando.
No se trata de aprender una nueva manera de caminar sino de volver a disponer de la movilidad, la coordinación y la organización necesarias para aprovechar mejor los mecanismos que hacen eficiente la marcha humana.
Mejorar la extensión de cadera, permitir una adecuada rotación pélvica, organizar mejor los apoyos, gestionar el desplazamiento del centro de masas o aprovechar los mecanismos elásticos no son invenciones de una escuela de Marcha Nórdica. Son biomecánica de la marcha.
Y sobre esa base aparece nuestra disciplina.
Añadimos dos bastones.
Quizá, entonces, la primera pregunta no debería ser
¿cómo tiene que parecer un marchador nórdico?, sino:
¿Cómo incorporamos los bastones a un patrón locomotor que ya dispone de sus propios mecanismos de eficiencia, sin interferir con ellos y consiguiendo además que colaboren en el avance?
A lo largo de la historia de la Marcha Nórdica se han desarrollado diferentes métodos y concepciones. Su relación con el esquí de fondo ha dado especial importancia a elementos como el paso amplio, el gran recorrido de los brazos o una fase posterior muy marcada.
Y no hay nada malo en ello.
Son formas perfectamente válidas de practicar y enseñar Marcha Nórdica y pueden responder a objetivos físicos, educativos, técnicos o incluso a diferentes maneras de entender la disciplina.
El problema aparece cuando una determinada forma de ejecutar el gesto se convierte en la referencia biomecánica con la que decidimos qué movimiento es correcto y cuál no, especialmente cuando entramos en el terreno de la competición.
Porque si queremos amplitud de paso, la biomecánica ya nos permite estudiar de dónde procede: extensión de cadera, rotación pélvica, organización de los apoyos y desplazamiento del cuerpo. No necesitamos identificar necesariamente amplitud con una zancada artificialmente larga.
Si queremos propulsión, podemos estudiar dónde y cuándo se produce el impulso y cómo puede colaborar el bastón.
Si queremos hablar de eficiencia, podemos estudiar qué coste energético supone una determinada forma de moverse y qué aporta realmente al avance.
Tenemos una base desde la que empezar a preguntar.
Y aquí la competición ha puesto sobre la mesa un problema que cuando la Marcha Nórdica se desarrollaba principalmente como actividad saludable o recreativa quizá no era tan necesario resolver.
En competición buscamos rendimiento.
Pero rendimiento no significa simplemente encontrar cualquier manera de llegar antes.
El cuerpo se autoorganiza para resolver una tarea, pero la solución más eficaz para conseguir el resultado inmediato no tiene por qué respetar las restricciones de un deporte.
Si correr me permite ir más rápido, corro. Pero entonces dejo de caminar.
Si utilizar menos los bastones me permite aumentar la velocidad, quizá llegue antes, pero estaré eliminando precisamente aquello que diferencia la Marcha Nórdica de la marcha convencional.
Por tanto, optimizar no significa permitir cualquier solución que produzca más velocidad. Significa encontrar la solución más eficiente dentro de los elementos que definen la disciplina.
Y quizá aquí está una parte importante de la confusión actual.
Durante años los reglamentos han ido acumulando criterios visibles sobre cómo debe ejecutarse el gesto. Pero cuando la velocidad aumenta, los árbitros tienen que observar en décimas de segundo una enorme cantidad de acontecimientos: pies, rodillas, brazos, bastones, sincronización, amplitudes, posiciones…
Y no todo puede verse con la misma facilidad.
Así aparece una distancia entre lo que dice el reglamento y lo que realmente puede evaluarse durante una competición. Algunos elementos terminan teniendo mucho peso porque son fáciles de observar, mientras que otros resultan difíciles de valorar de manera homogénea.
Quizá, entonces, no necesitamos más normas. Sería mejor comprender cuáles son realmente necesarias.
Y ahí es donde creo que la biomecánica puede ayudarnos. No para llenar los reglamentos de ángulos, cifras y nuevas exigencias. Justamente para lo contrario.
Primero comprender la marcha humana. Después estudiar qué aporta realmente el bastón. Y a partir de ahí decidir qué elementos son esenciales para seguir hablando de Marcha Nórdica y cuáles necesitamos realmente evaluar en competición.
Las diferentes escuelas y concepciones pueden seguir existiendo. No se trata de quitarles valor ni de decidir que una determinada manera de practicar Marcha Nórdica sea mejor que otra.
Pero cuando hablamos de competición, reglamento y arbitraje quizá necesitamos bajar un nivel más profundo.
No preguntarnos primero cómo queremos que parezca un marchador, sino qué necesita conservar biomecánica y funcionalmente para seguir resolviendo la tarea que define nuestro deporte.
Porque la base no tenemos que inventarla.
Está en la marcha humana.
Nuestro trabajo técnico consiste en mejorar nuestra manera de caminar apoyándonos en esos principios y, sobre esa base, conseguir que los bastones se integren y colaboren realmente en el avance.
Quizá ahí tengamos un punto de partida mucho más sólido para decidir después qué queremos enseñar, qué queremos medir y, sobre todo, qué merece realmente la pena reglamentar.