01/10/2026
DECIR ADIÓS NO SIEMPRE ES FÁCIL
Una contracrónica por Alfonso Gómez, patrocinada por Hacienda BF El Guayacan, San Matías y Agencia Aduanera Alyem Customs
Josep Guardiola, una vez en la cumbre y con todo por delante, dijo adiós al Barça y una de las razones esgrimidas fue: "me he vaciado". Lo había dado todo para el FC Barcelona, pero aún le quedaba combustible para explotar en el Bayern primero y en el Manchester City después.
Fue decisión propia y nada más.
A Vicente del Bosque y a su capitán Fernando Hierro, en cambio, los jubilaron del Real Madrid minutos después de levantar un trofeo de campeones.
Fue decisión de despacho.
Zinedine Zidane se despidió del combinado galo con un cabezazo a Materazzi, cerrando lo que hasta ese momento era un último baile mágico.
Fue decisión del azar.
Ahora llegamos a Messi y a CR7.
El argentino parece deslindarse poco a poco de la albiceleste, a pesar de la devoción que el técnico Lionel Scaloni siente por él. Entiende que ya no le quedan demasiados retos en ese escenario y que existe todo un horizonte para seguir ligado al fútbol desde la rama empresarial, al estilo de David Beckham, con menos kilómetros en las piernas y más reuniones de directorio.
Cristiano Ronaldo, en cambio, sigue empeñado en mantener un romance apasionado con el gol. Pero el actual seleccionador lusitano le recuerda que el tiempo, ese rival invicto que nunca pierde una eliminatoria, exige aceptar un rol secundario o, ya de perdido, terciario. Banquiario o gradiario, dirá algún chusco con más confianza que prudencia.
Pero los grandes no están hechos para esas cosas.
No llegaron donde llegaron porque un día se conformaron con mirar el partido desde lejos. Han comido lodo y grama. Han cambiado vacaciones por concentraciones. Han puesto huesos, músculos, ligamentos y hasta la paz de sus familias al servicio de una pelota que a veces da gloria y otras apenas deja cicatrices.
Por eso el retiro es una palabra que suena bonita en los discursos, pero que se vuelve endemoniadamente complicada cuando uno ha pasado treinta años despertando con la obsesión de competir.
Porque una cosa es que el cuerpo empiece a enviar memorandos y otra muy distinta es que el alma firme el finiquito.
Al final, nadie puede juzgar a quien siente que todavía le queda una carrera más, un gol más o una última ovación. Tampoco a quien entiende que ya cumplió y prefiere irse antes de que la nostalgia le gane por goleada.
Cada quien encuentra su propia puerta de salida.
Y cuando se trata de leyendas, quizá lo único que corresponde es agradecerles el espectáculo y concederles el derecho de escoger cómo quieren bajar el telón.
Como diría el portero del edificio de Desengaño 21 en Madrid:
—¡Un poquito de por favor!
Que decir adiós nunca ha sido fácil. Mucho menos cuando durante media vida el estadio entero se puso de pie para aplaudirte.
Y es que nosotros, cómodamente sentados frente al televisor, con una bolsita de churros en una mano y el control remoto en la otra, solemos exigir retiros elegantes, discretos y oportunos. Queremos que las leyendas adivinen el día exacto en que deben marcharse, como si existiera una alarma interna que dijera: "Atención, ha llegado el momento de dejar de ser ídolo".
Pero no funciona así.
El futbolista profesional es probablemente el único loco al que le aplauden durante cuarenta años por obsesionarse con hacer siempre lo mismo. Cuando finalmente le toca dejarlo, pretende seguir haciéndolo un ratito más. Y la verdad sea dicha, ¿quién puede culparlo?
Messi y Cristiano no están peleando contra entrenadores, periodistas o aficionados. Están peleando contra el calendario. Y esa es una guerra que tarde o temprano perdemos todos, desde el ganador de ocho Balones de Oro hasta el que todavía presume el campeonato de fútbol burocrático de 1997 en la colonia La Sosa de Tegucigalpa.
La diferencia es que a unos los despiden ochenta mil personas en un estadio y a otros apenas les dicen en la casa: "¿Y vos no habías dicho que ya no ibas a jugar los domingos?".
Por eso, cuando llegue el momento definitivo, habrá que quitarse el sombrero. Porque más allá de simpatías y camisetas, estamos viendo cómo se apagan las últimas luces de una generación irrepetible.
Y si alguno decide quedarse un año más, dos años más o hasta que las rodillas le manden una carta notariada de renuncia irrevocable, tampoco pasa nada.
Total, para llegar a donde ellos llegaron primero tuvieron que ignorar miles de consejos. ¿Por qué habrían de empezar a escucharlos ahora?