Asd Villafranca Veronese Calcio

Asd Villafranca Veronese Calcio ASD Villafranca Veronese è un club calcistico operante nella città di Villafranca di Verona (VR)

Il Villafranca Veronese Calcio nasce nel 1920, nella società ha militato dal 1927 Arnaldo Porta, che diventerà poi capitano dell'Hellas Verona per un decennio e al quale è stata dedicata la via del nuovo impianto sportivo in località Siena, inaugurato nel 1980 dopo aver giocato per diversi anni all'interno del Castello Scaligero. Tappe cruciali per la storia del club si possono identificare nel 1988, primo anno di partecipazione al Campionato Interregionale in seguito alla breve fusione con l'Officine Bra, nel 1991, primo anno di accesso alla neonata Eccellenza e nel 2009 con la prima storica promozione in Serie D in seguito alla vittoria del campionato di Eccellenza, replicata poi successivamente nei massimi tornei regionali del 2013-2014 e 2021-2022. Nel 2023-2024 invece per il Villafranca è poi arrivata la conquista della prima storica Coppa Italia di Eccellenza Veneto, con il percorso culminato superando in finale la compagine trevigiana del Conegliano sul neutro di Abano Terme. Fiore all'occhiello del Villafranca è poi rappresentato dallo splendido settore giovanile, in grado di far crescere e maturare moltissimi ragazzi fino all'esordio in Prima Squadra e talvolta a prendere il volo verso categorie superiori. Le squadre della trafila del vivaio villafranchese partecipano a tutti i massimi campionati regionali e negli anni sono state in grado di produrre numerose e ripetute soddisfazioni.

—Si quieres trabajar aquí, envía tu currículum como todos. Y si Recursos Humanos dice que solo calificas para empezar ab...
21/09/2026

—Si quieres trabajar aquí, envía tu currículum como todos. Y si Recursos Humanos dice que solo calificas para empezar abajo, empezarás abajo.

Lo humillante para Martín no fue empezar como asistente.

Fue descubrir por qué Recursos Humanos no lo consideró preparado para algo más.

Durante quince años había sido directivo.

Sabía vender.

Negociar.

Hablar con bancos.

Presentar planes.

Pero Nexo Circular funcionaba de otra manera.

La primera semana, Martín autorizó una devolución con un código erróneo.

El lote acabó en el centro incorrecto.

Su jefa, Nuria Calvet, no buscó a quién pasarle la incidencia.

—¿Qué vas a hacer?

—Arreglarlo.

—Bien.

Martín esperaba una reprimenda.

No llegó.

Tuvo que documentar el error, coordinar el envío urgente y explicar qué control había fallado.

En casa se justificó.

—El código estaba mal cargado.

—¿Lo verificaste?

—No.

—Entonces.

—No empieces.

Lo miré.

Esa frase había sido nuestra enemiga durante años.

Cuando yo cuestionaba algo en su empresa, decía que yo simplificaba.

Cuando él minimizaba Nexo, yo guardaba el comentario y seguía trabajando.

Nuestra relación ya estaba mal antes de que entrara allí.

Durante años yo había acumulado sus comentarios sobre Nexo como si fueran pequeñas piedras. “Pequeña.” “Conservadora.” “Proyecto.” “Cuando crezcas.” Nunca le dije con claridad que me dolían. Preferí responder con resultados.

Eso tampoco era sano. Yo había convertido cada contrato nuevo en una forma de demostrarle que se equivocaba, y él nunca entendió que detrás de mi aparente indiferencia había resentimiento.

Dormíamos separados.

La quiebra no creó todos nuestros problemas.

Los dejó visibles.

Por eso empezamos terapia al mismo tiempo que Martín aprendía a ser asistente.

La psicóloga me preguntó:

—¿Qué querías de él cuando llamaba pequeña a tu empresa?

—Que me respetara.

—¿Se lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

—Porque no quería pedirlo.

Martín miró el suelo.

—Pensé que estaba bromeando.

—Lo sé.

—Y tú siempre decías que estabas orgullosa de crecer despacio.

—Podía estar orgullosa y dolerme que llamaras falta de ambición a lo que yo hacía.

Él no respondió.

En el trabajo, mientras tanto, empezó a mejorar.

Aprendió el sistema de inventario.

Aprendió que una devolución mal codificada podía parar una línea.

Aprendió a hablar con el almacén sin tratarlo como “ejecución”.

Una mañana encontró un lote retenido seis días.

Su primer correo decía:

“El almacén no está procesando a tiempo.”

Nuria respondió:

“Verifica antes de atribuir causa.”

Martín bajó.

El problema estaba en Compras.

Un código de autorización mal cargado había dejado a los operarios esperando permiso.

Volvió.

—Me equivoqué.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí. Ahora sabemos qué no es.

Corrigieron el código.

Cambió el checklist.

El lote salió.

Ese tipo de trabajo no aparecía en ninguna revista económica.

No necesitaba discurso.

Solo resolver.

A los cuatro meses apareció una vacante de coordinador.

Martín quería postular.

—Hazlo.

—¿Vas a recomendarme?

—No.

—¿Ni ahora?

—No.

—Sabes que puedo hacerlo.

—Entonces el comité también debería verlo.

Postuló.

Preparó el proceso sin pedirme las preguntas, sin usar nuestra relación y sin hablar con nadie del comité fuera de los canales normales. Era una diferencia pequeña, pero meses atrás habría dado por hecho que una recomendación mía era parte natural del matrimonio.

Llegó segundo.

La plaza fue para una candidata externa con más experiencia directa en logística inversa.

Martín llegó serio.

Yo esperé la explosión.

No ocurrió.

—Pedí feedback.

—¿Y?

—Dicen que todavía escalo demasiado rápido problemas que debería resolver en equipo.

—¿Estás de acuerdo?

—Sí.

Esa palabra me sorprendió.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de directora satisfecha.

—Soy tu esposa.

—Peor.

Sonreí.

La siguiente prueba llegó con un cliente.

Para entonces Martín ya llevaba meses sin despacho, sin coche corporativo y sin que nadie le preguntara su opinión por costumbre. Lo sorprendente era que empezaba a dejar de vivirlo como castigo. Había descubierto que influir después de entender un problema podía ser más útil que tener autoridad antes de entenderlo.

Una devolución importante se extravió entre dos centros.

Martín había aprobado una etiqueta incorrecta.

El cliente estaba furioso.

Antes habría buscado quién preparó el paquete.

Esta vez dijo en la llamada:

—El error de aprobación fue mío.

Nuria estaba presente.

—Ya localizamos el envío. Asumo la recuperación urgente y mañana tendrá un informe de causa.

Lo resolvió.

Costó dinero.

No demasiado.

Nadie lo aplaudió.

Eso también fue parte del aprendizaje.

Responsabilidad no siempre produce reconocimiento.

A veces solo evita que un error pequeño se convierta en uno grande.

Meses después, Martín habló por primera vez de la quiebra sin empezar por el cliente que se fue.

—Abrí dos almacenes antes de asegurar demanda.

—Sí.

—Concentré demasiado ingreso.

—Sí.

—Ignoré al director financiero.

—Sí.

—Podrías dejar de decir sí.

—No.

Se rio.

Era la primera vez que podía mirar sus propias decisiones sin sentir que admitirlas lo convertía en menos capaz.

Seis meses después volvió a abrirse una vacante de coordinador.

Esta vez ya no hablaba del puesto como algo que le debían por experiencia pasada. Había acumulado meses de trabajo directo, incidentes cerrados, errores propios documentados y evaluaciones que podían leerse sin mencionar que estaba casado conmigo.

Martín presentó la solicitud.

Yo me retiré otra vez.

Nuria formaba parte del comité.

Recursos Humanos también.

Un director de otra área completaba la evaluación.

La mañana de la entrevista, Martín me preguntó:

—¿Crees que esta vez estoy listo?

No respondí como directora.

Respondí como la mujer que llevaba meses viéndolo reconstruirse.

—Creo que esta vez podrás escuchar la respuesta aunque sea no.

Se fue.

Horas después me llamó.

No dijo hola.

Solo una frase.

Y por el tono de su voz supe que el resultado significaba mucho más que un ascenso.

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—¿Sigues vendiendo cajitas por internet para sobrevivir?—Qué caída, después de haber sido la esposa del director.Yo no p...
20/09/2026

—¿Sigues vendiendo cajitas por internet para sobrevivir?

—Qué caída, después de haber sido la esposa del director.

Yo no participé en las entrevistas.

Tres semanas después llegó el informe.

La conclusión no decía:

—Iván robó legalmente una patente.

No había una patente.

No decía:

—Nadia es dueña exclusiva de todo Lira.

Tampoco.

Decía que la declaración presentada en la licitación sobre procedencia y autoría no era suficientemente veraz ni documentada.

Había material previo atribuible a mí.

Había correos donde Iván reconocía mis propuestas.

Había dos antiguos diseñadores que confirmaban mi liderazgo en la fase inicial.

Y había materiales promocionales posteriores que borraban progresivamente esa autoría.

El comité excluyó a Robles Diseño de la licitación.

Yo me abstuve.

Otra empresa ganó.

Iván me llamó esa tarde.

—Felicidades.

—No he ganado nada.

—Claro que sí.

—El contrato se lo ha llevado otra empresa.

—Has conseguido dejarme fuera.

—No presenté tu declaración.

Colgó.

Pensé que terminaría ahí.

No terminó.

El consejo de Robles Diseño pidió revisar otros materiales de marketing.

No porque yo lo exigiera.

Porque un problema de autoría en una licitación grande afecta reputación y seguros.

Aparecieron más cosas.

No plagios completos.

Créditos inflados.

Colaboradores sin mencionar.

Proyectos donde Iván aparecía como director creativo pese a haber participado poco.

Era una cultura.

No un accidente.

Dos antiguos empleados hablaron.

Una revista del sector retiró un premio hasta aclarar la autoría de Lira.

Iván volvió a llamar.

Esta vez menos enfadado.

—¿Qué quieres para cerrar esto?

—Reconocimiento.

—¿Dinero?

—También compensación por los usos comerciales que podamos documentar.

—Ahí está.

—No he dicho una cifra.

Silencio.

—Y quiero que corrijáis el portfolio.

—Eso me destruye.

—No.

—¿Sabes cuánto de mi reputación está ligado a Lira?

—Sí.

—Entonces sabes lo que me estás pidiendo.

—Que la reputación refleje quién hizo qué.

Negociamos durante dos meses.

Con abogados.

Con mediadores.

Sin cenas dramáticas.

Robles Diseño reconoció mi autoría principal sobre el concepto inicial y mi dirección del primer prototipo.

También reconoció aportaciones posteriores de su equipo.

Se corrigieron materiales.

Se retiraron dos declaraciones donde Iván aparecía como creador exclusivo.

Acordamos una compensación por determinados usos comerciales.

No una fortuna.

Una cifra razonable calculada sobre proyectos identificables.

Yo renuncié a pedir cosas que no podía demostrar.

Él renunció a fingir que yo nunca había estado allí.

El consejo de Robles Diseño tomó otra decisión.

La revisión de Lira no terminó con una discusión en el pasillo; terminó obligándonos a escribir con precisión quién había hecho qué.

La parte más incómoda llegó después de la exclusión.

Yo había imaginado durante años que, si algún día demostraba lo ocurrido, sentiría alivio inmediato.

No fue así.

Sentí vergüenza por haber dejado mi trabajo sin firma.

Rabia por cada vez que acepté la frase "somos marido y mujer" como sustituto de un acuerdo profesional.

Y miedo de que cualquiera pensara que solo había llegado a la cabecera de aquella mesa para ajustar cuentas.

Por eso pedí algo que nadie esperaba.

Solicité que todas las decisiones posteriores relacionadas con Robles Diseño quedaran documentadas por un tercero independiente.

No porque desconfiara del comité.

Porque yo necesitaba que el expediente pudiera leerse sin mí.

Si alguien preguntaba dentro de cinco años por qué aquella oferta quedó fuera, la respuesta debía estar en documentos, no en mi versión.

Eso también cambió la forma en que dirigía Nómada.

Hasta entonces yo había repetido, en pequeño, algunos hábitos del pasado.

Diseñadores que ayudaban sin figurar.

Freelancers que aparecían tarde en los créditos.

Reuniones donde todos aportaban, pero el catálogo terminaba con un solo nombre.

Lo corregimos.

Creamos fichas de contribución para cada producto.

Diseño conceptual.

Ingeniería.

Prototipado.

Fotografía.

Dirección creativa.

No era burocracia por gusto.

Era memoria.

Una tarde una diseñadora joven me dijo:

—Pensaba que esto de los créditos era exagerado.

—Yo también.

—¿Y ahora?

—Ahora sé lo que cuesta reconstruir una historia cuando nadie escribió los nombres a tiempo.

El acuerdo con Iván no me devolvió los seis años anteriores.

Tampoco necesitaba hacerlo.

Me dio algo más práctico.

Una línea clara entre lo que él podía seguir comercializando, lo que debía corregirse y lo que yo podía desarrollar sin repetir la misma disputa.

Faro nació de esa claridad.

No era una versión maquillada de Lira.

Usaba otra estructura.

Otros herrajes.

Otra lógica de montaje.

Y un equipo completo detrás.

La primera vez que tuvimos una reunión de producto para Faro, escribí todos los nombres en la pizarra antes de empezar.

No quería volver a salir de una habitación creyendo que el trabajo colectivo se recordaría solo.

No se recuerda solo.

Hay que dejarlo escrito.

Meses después, Nómada lanzó una nueva línea modular.

No usamos Lira.

Podíamos haber intentado revivirla.

No quise.

Quería diseñar algo desde el presente.

La llamamos Faro.

El primer catálogo llegó impreso una mañana.

Lo abrí.

Página dos.

Fotografía.

Descripción.

Y debajo:

—Diseño y dirección creativa: Nadia Salvatierra.

Me quedé mirando esas palabras.

Mi madre entró al estudio.

—¿Qué pasa?

Le enseñé la página.

La fotografió con el móvil.

—Esto lo voy a guardar.

Me reí.

—No es para tanto.

—Para ti sí.

Tenía razón.

Durante años pensé que ser reconocida era vanidad.

Iván había aprovechado esa idea.

No necesitaba aplausos.

Sí necesitaba trazabilidad.

Crédito.

Un lugar verificable en mi propio trabajo.

Con esa regla construimos Faro, un sistema nuevo donde el crédito también formaba parte del diseño.

Y salió mejor.

Un año después coincidí con Iván en una feria de diseño.

Él estaba solo.

No llevaba la seguridad de antes.

Tampoco parecía derrotado.

—Hola.

Miró el stand de Nómada.

—Faro está bien.

—Gracias.

—Mejor que Lira en algunas cosas.

Eso me sorprendió.

—También peor en otras.

Sonrió.

—Sigues igual.

—No.

Lo miré.

—Eso es precisamente lo que cambió.

No discutimos.

Antes de irse dijo:

—Creí que vender online era rendirse.

—Yo también durante un tiempo.

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Me contrataron para demostrar que Julián Arce había robado cuatro millones de euros de la empresa de su propia familia.Y...
18/09/2026

Me contrataron para demostrar que Julián Arce había robado cuatro millones de euros de la empresa de su propia familia.
Yo no debía creerle. Ni defenderlo. Ni mucho menos enamorarme de él.
Me llamo Sofía Luján y soy auditora forense. Durante diez años aprendí que los números no sienten vergüenza, no tienen miedo y, sobre todo, no saben mentir. Las personas sí.
Cuando llegué a Bodegas Arce, todos parecían tener una versión diferente del mismo hombre.
Su tío lo llamaba irresponsable.
Su hermano decía que había destruido la empresa.
Los trabajadores susurraban que Julián había vendido información a un fondo extranjero.
Él solo me dijo:
"Si vienes a encontrar un ladrón, empieza por alguien que tenga algo que ganar."
"Todos tienen algo que ganar."
"Entonces vas a necesitar más café."
La investigación empezó con facturas falsas y transferencias ocultas.
Después alguien destruyó los servidores de contabilidad.
Una semana más tarde, una válvula del sistema de riego apareció manipulada y cientos de hectáreas de viñedo estuvieron a punto de perderse.
Y cuando encontré una cuenta secreta a nombre de Julián, pensé que finalmente tenía la prueba.
Hasta que descubrí quién depositaba realmente el dinero.
Esa noche recibí un mensaje anónimo:
"Deja de revisar el pasado si quieres conservar tu futuro."
No hice caso.
Fue mi peor decisión.
Porque en el archivo más antiguo de la bodega encontré un documento firmado por el padre de Julián la semana antes de morir.
No hablaba de cuatro millones.
Hablaba de una deuda mucho mayor.
Y de una persona de la familia que jamás debía controlar la empresa.
A la mañana siguiente, Julián fue detenido delante de todos los trabajadores.
Mientras se lo llevaban, me miró y dijo:
"Sofía, no confíes en el balance final."
Yo no entendí por qué.
Hasta que abrí el último libro contable y vi mi propio nombre escrito dentro.

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Cuando acepté trabajar para la familia Santillán, pensé que mi única tarea sería ayudar a una adolescente a volver a com...
17/09/2026

Cuando acepté trabajar para la familia Santillán, pensé que mi única tarea sería ayudar a una adolescente a volver a comunicarse con el mundo.
Me llamo Abril Mena y soy intérprete de lengua de signos. Después de un accidente, Lucía Santillán había perdido gran parte de la audición y llevaba meses negándose a hablar con casi todos.
Su padre, Mateo Santillán, era viudo, director de una de las editoriales más importantes de España y un hombre famoso por no permitir que nadie se acercara demasiado.
La primera vez que me vio entrar en su casa, dijo:
"Mi hija no necesita una niñera."
"Perfecto. Porque yo no soy una."
Lucía sonrió.
Mateo no.
Pero tres semanas después, él ya esperaba conmigo cada noche a que su hija terminara las sesiones.
Y yo empecé a descubrir que detrás de aquel hombre frío había alguien que todavía se culpaba por la muerte de su esposa.
Entonces apareció Verónica.
Hermana de la mujer fallecida.
Abogada.
Miembro del consejo de la empresa.
Y la persona que llevaba meses intentando conseguir la tutela legal de Lucía.
"Mateo no está preparado para criarla", me dijo.
"Eso lo decidirá un juez."
"No. Lo decidirá lo que el juez vea."
Pocos días después apareció un vídeo donde parecía que Mateo gritaba a su hija.
Lucía dejó de ir al colegio.
Los accionistas comenzaron a pedir su dimisión.
Y yo recibí una oferta de dinero para declarar que él era un padre inestable.
Me negué.
Esa misma noche, Lucía me enseñó algo que llevaba meses escondiendo en su teléfono.
Un vídeo grabado minutos antes del accidente en el que murió su madre.
Lo miré una vez.
Después otra.
Y entendí por qué Verónica estaba dispuesta a destruirnos.
Porque aquel vídeo no solo podía decidir quién se quedaría con Lucía.
También podía demostrar que la muerte de su hermana nunca había ocurrido como toda la familia creía.

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Nunca imaginé que un viejo vestido de novia pudiera cambiar mi vida.Me llamo Clara Benítez y trabajo restaurando prendas...
17/09/2026

Nunca imaginé que un viejo vestido de novia pudiera cambiar mi vida.
Me llamo Clara Benítez y trabajo restaurando prendas antiguas. Cuando la familia Llorente me contrató para recuperar el vestido que había usado la difunta abuela del presidente del grupo, pensé que sería un encargo más.
Hasta que conocí a Nicolás Llorente.
Y comprometido con Adriana Valcárcel, heredera de una familia cuya inversión podía salvar una operación clave.
Nuestra primera conversación ocurrió frente al vestido roto.
"¿Puede salvarlo?", preguntó.
"El vestido, sí."
"¿Y lo demás?"
"No sé qué es lo demás."
Él sonrió por primera vez.
No debía haberlo hecho.
Porque Adriana lo vio.
Desde entonces empezaron los problemas.
Desapareció una pieza de encaje que valía una fortuna.
Encontraron en mi taller una carta privada de la familia.
Después apareció un vídeo en el que yo supuestamente vendía información sobre la boda a una revista.
"Vete antes de que Nicolás descubra quién eres de verdad", me dijo Adriana.
"Él ya lo sabe."
"No. Él solo conoce la versión de ti que has sabido mostrarle."
Pensé que lo peor sería perder mi trabajo.
Me equivoqué.
Mientras restauraba el forro del vestido, encontré algo cosido entre dos capas de seda: una carta escrita por la abuela de Nicolás la noche antes de su propia boda.
Una carta que hablaba de un matrimonio obligado.
De una promesa rota.
Y de un secreto que podía destruir el compromiso de Nicolás con Adriana.
La noche del anuncio oficial, Adriana llegó vestida para convertirse en la futura señora Llorente.
Yo llegué con el vestido terminado.
Y una carta escondida en el bolsillo.
Cuando Nicolás me vio entrar, dejó la copa sobre la mesa.
"Clara, ¿qué haces aquí?"
Lo miré.
"Evitar que repitas una historia que tu familia lleva treinta años intentando ocultar."
Entonces su padre se puso de pie.
Y comprendí que él ya sabía exactamente lo que había encontrado.

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Acepté arreglar un vestido de novia para pagar dos meses de alquiler.No sabía que, escondida dentro del forro, encontrar...
16/09/2026

Acepté arreglar un vestido de novia para pagar dos meses de alquiler.
No sabía que, escondida dentro del forro, encontraría la nota que cambiaría mi vida.
La escribió Vera, una niña de ocho años.
"Si prometo no molestar, ¿puedo seguir viviendo con papá?"
Debajo había un dibujo: una niña detrás de una ventana y un hombre demasiado lejos para darle la mano.
El vestido pertenecía a la primera esposa de Mateo Vidal, un empresario viudo. Su prometida, Beatriz, me había pedido transformarlo para que pareciera nuevo.
"Que nadie recuerde a la anterior", dijo.
Vera tenía dos audífonos. Observaba las conversaciones con una atención que conocía bien porque mi hermano también era sordo.
Cuando le hablé en lengua de signos, sonrió.
Pero al ver la nota entendí que no solo necesitaba que alguien le hablara de frente.
Necesitaba que alguien la escuchara.
Llamé a Beatriz y le pregunté por qué Vera tenía miedo de irse de casa.
Su respuesta me heló:
"No te pago para interpretar los dramas de una niña. Termina el vestido y tira ese papel".
Al día siguiente llevé el encargo a la residencia Vidal.
Vera corrió hacia mí y Beatriz dijo:
"Cuanto más la atiendes, más difícil será prepararla para marcharse".
"¿Adónde va?", pregunté.
"A un centro. Su padre viaja y yo no voy a renunciar a mi vida".
En ese instante, Mateo apareció en la escalera.
"¿Qué nota?"
Vera le entregó el papel con las manos temblando.
Él leyó la pregunta de su hija y se quedó sin palabras.
Entonces encontró en su despacho documentos preparados para enviar a Vera a vivir lejos, firmados para que parecieran una decisión educativa que él ya había aprobado.
Yo perdí el encargo por defender a una niña que apenas conocía.
Pensé que también perdería mi taller.
Pero Mateo volvió días después, no para comprar mi silencio ni para pedir que lo perdonara.
Volvió para aprender a escuchar a su hija.
Y Vera volvió con una caja de retales amarillos y una pregunta que ninguno de los dos esperaba.
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23/06/2026

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Indirizzo

Via Arnaldo Porta, 12
Villafranca Di Verona
37069

Orario di apertura

Lunedì 15:30 - 20:00
Mercoledì 15:30 - 20:00
Venerdì 15:30 - 20:00

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