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lugar: Deportivo Tepalcate
niños y niñas a partir de los 5 años

28/08/2026
27/08/2026
19/08/2026

Guerra y matanzas: necesidad orgánica del gran capital
Por Abel Pérez Zamorano

La ideología dominante promueve la falsa creencia de que las guerras obedecen a causas subjetivas: ideológicas, religiosas o a desarreglos mentales de sus promotores; por ejemplo, hay quienes explican la Segunda Guerra Mundial por las fobias o complejos personales de Hi**er. Ciertamente, muchas guerras adquieren formas religiosas, como las cruzadas o la lucha de Juana de Arco contra los ingleses; incluso hoy se envuelven en una retórica religiosa, como la argumentación bíblica de Israel para masacrar al pueblo palestino. Pero las guerras tienen un origen esencialmente económico. En la comunidad primitiva, las tribus luchaban por territorios y recursos naturales, por un hábitat para sobrevivir; y aunque en la época imperialista esos motivos aún subsisten, fundamentalmente los conflictos son impulsados por la apropiación de plusvalía: su naturaleza es capitalista, clasista.

Cuando nació la propiedad privada y se escindió la sociedad en clases, surgió la lucha entre ellas y apareció el Estado, dispositivo político cuyo fin es proteger a la minoría privilegiada contra la mayoría desposeída y hambrienta. Es un error frecuente y un espejismo que el Estado tiene como misión velar por el desarrollo de toda la sociedad. No es así. Como dijo Marx: “El poder político del Estado moderno no es más que un comité que administra los negocios comunes de toda la burguesía”. Es un instrumento del poder económico.

Y nació así la política: la lucha entre clases sociales o sectores de clase por conquistar y preservar el poder: el control del Estado, propiamente del poder político, para gobernar a toda la sociedad, imponer y aplicar leyes, controlar las fuerzas armadas y la burocracia. También el erario y su distribución, todo guiado por un interés de clase. Si los ricos gobiernan, el presupuesto se distribuirá en su provecho, precisamente como hoy ocurre en la mayor parte del mundo; si los trabajadores controlan el Estado, los recursos públicos se distribuirán, principalmente, en su beneficio. Sin clases sociales no existirían ni el Estado ni la política.

Pero la lucha de clases trasciende las fronteras de cada nación. Se impone en las relaciones internacionales, donde los países ricos someten a los pobres. Y así como dentro de cada país, cuando fallan los medios de control político, el Estado capitalista reprime con las armas a las clases oprimidas, igualmente entre países, los más poderosos someten mediante la guerra a los débiles para saquearlos. “La guerra es sólo la continuación de la política por otros medios”, dijo Carl von Clausewitz.

Así que hoy, decir que a Donald Trump le mueven motivos personales, su megalomanía, su espíritu vengativo o el chantaje de los sionistas, es ocultar el verdadero motivo de sus agresiones, concretamente: el saqueo de materias primas de países débiles y la búsqueda de nuevos y más amplios mercados. Y es que en éstos se realiza la plusvalía, mediante la venta, y si ésta no ocurre, la plusvalía permanecerá en potencia en las mercancías. Esto motiva todas las agresiones de Estados Unidos (EE. UU.), con Trump y sin Trump.

El imperio aduce mil y una excusas para atacar otros países, a Venezuela por los supuestos cárteles, o a Irán con el invento de que fabrica armas nucleares. Cualquier alegato sirve. Su veracidad no importa. Anteriormente, los demócratas en Washington pretextaron que en Irak, Hussein poseía armas de destrucción masiva; o que en Afganistán se destruía la cultura; o en general, que tal o cual país no es democrático, caso de Libia, donde el coronel Gadafi era dibujado como cruel tirano que merecía ser asesinado. EE. UU. lo hizo, hundiendo al país en el caos, como describe el periodista John Lee Anderson en su libro Crónica de un país que ya no existe: Libia, de Gadafi al colapso. A todos esos países EE. UU. debía llevarles “su democracia”, aunque fuera chorreando sangre y montada en un misil.

Y estas guerras capitalistas en busca de más plusvalía las paga la clase trabajadora con dolor humano, pues quienes sufren los mayores efectos son los pobres: ellos son la verdadera carne de cañón (por cierto, en EE. UU. ha crecido en las redes sociales el reclamo de que el hijo de Trump se enrole en la guerra contra Irán).

El pueblo paga literalmente con sangre estas guerras, como ocurrió con el as*****to de niñas (con misiles Tomahawk) en una escuela primaria en Minab, al sur de Irán. Lo dice la prensa estadounidense misma: “Restos de un misil procedentes del mortífero ataque contra una escuela primaria iraní el 28 de febrero –que causó la muerte de 175 personas [debe decir niñas]– presentan las marcas de un arma estadounidense, informa The New York Times tras analizar unas imágenes del mismo […] Según concluyó NYT, los fragmentos contienen números de serie y otros datos coherentes con la forma en que el Departamento de Defensa de EE. UU. y sus proveedores clasifican y etiquetan las municiones” (RT, 10 de marzo). Y el crimen no se debió a un error. En palabras de la relatora especial de la ONU sobre ejecuciones extrajudiciales, Agnès Callamard: “No hay duda de que la escuela iraní fue blanco de un ataque de EE. UU. Esto constituye una violación absoluta del derecho internacional” (HispanTV, 11 de marzo).

Pero el pueblo también paga las guerras –en este caso el estadounidense– al verse privado de recursos que podrían mejorar su vida si se aplicaran con un criterio humanista. “Los costos iniciales y directos de la guerra contra Irán ya superaron los 10 mil millones de dólares para EE. UU. hace apenas unas horas” (HispanTV, 10 de marzo). Más lo que se acumule. Con ese dinero, cuántas viviendas podrían haberse construido para los estadounidenses sin casa; cuántos hospitales para atender a los más de 27 millones sin seguro médico. En lugar de gastar en potentes misiles, radares gigantes y portaaviones, podría progresar la investigación médica, o bien otorgarse becas para los 45 millones de estudiantes que adquirieron créditos para cursar una carrera, y cuya deuda total asciende a 1.7 billones de dólares.

En la Unión Europea, el pueblo pone también su cuota de sufrimiento para pagar la guerra de sus capitalistas. Por castigar a Rusia, Europa prohíbe la compra de gas y petróleo rusos, imponiendo a los europeos una fuerte inflación y más pobreza al pagar energéticos más caros impuestos por EE. UU. Hoy, el aumento en el precio del petróleo a más de 100 dólares por barril genera inflación, pues si suben los energéticos, sube todo; pero quienes terminan pagándola son los consumidores, pues los empresarios no absorben los altos costos: los trasladan al precio final de los productos.

Como conclusión, y volviendo a lo dicho al inicio, mientras haya clases sociales y países pobres y ricos, habrá guerras, acicateadas en el imperialismo por la tendencia decreciente de la tasa de ganancia en los países ricos. Al emplear más tecnología aumenta la llamada composición orgánica del capital, pues desemplean trabajadores, únicos productores de valor (las máquinas no producen valor nuevo), y esto lo resuelve el capital, en parte, mediante guerras para obtener materias primas y energéticos más baratos, o buscando reducir costos por la fuerza, como en el cruce del Canal de Panamá en condiciones privilegiadas.

Tampoco se alcanzará la paz porque en EE. UU. en lugar de los republicanos gobiernen los demócratas. Está probado: ambos son las dos caras de una misma moneda, el imperialismo rapaz. Tan asesino es Trump como Biden u Obama. Todos cumplen el papel que el sistema les impone. En el fondo, el criminal de última instancia es el gran capital. Los otros son viles ejecutores, sus sicarios.

La paz imperará sólo cuando se eliminen las condiciones que hacen inevitable la guerra, a saber: la existencia de clases sociales con intereses antagónicos y la vertiginosa acumulación de la riqueza. El ansia creciente de acumulación no es tampoco cuestión de pura sicología de los grandes capitalistas: ellos sólo son operadores del capital, los sacerdotes de ese auténtico Moloch eternamente hambriento de plusvalía. Sólo en una sociedad equitativa, de verdaderos hermanos, sin pobres ni ricos, donde todos los seres humanos puedan satisfacer a plenitud sus necesidades, no habrá motivo que empuje a matar por riquezas o para comer. Sólo entonces el hombre ya no será lobo del hombre.

11/08/2026

Cinco siglos de saqueo minero: acumulación y miseria
Por Abel Pérez Zamorano

“En piso de metal vives al día, de milagro, como la lotería”
(Ramón López Velarde)

La revista Expansión publicó en abril pasado un reportaje titulado Las 10 mineras que dominan la riqueza de México entre Slim, Baillères, Larrea y gigantes de Canadá y EU. Consigna el escrito que la producción de plata, oro, cobre y zinc está controlada por 10 empresas, cuyos ingresos anuales conjuntos superan los 517 mil millones de pesos (Roberto Trejo, Expansión, 28 de abril de 2026). Identifica luego las empresas y el origen de su inversión. Destaca en primer lugar la Americas Mining Corporation (México), de Germán Larrea, “el rey del cobre”, dueño también de Asarco. Produce cobre, plata, molibdeno, zinc y oro. Sus ingresos anuales son de 227 mil 231 millones de pesos. Viene luego Industrias Peñoles (México), de la familia Baillères: “el mayor productor mundial de plata afinada y uno de los principales de oro, plomo y zinc” (citas siempre del reportaje referido).

Le sigue Fresnillo PLC, con capital mexicano y británico. Se la define como la mayor productora mundial de plata primaria: “Con concesiones que abarcan alrededor de 2.1 millones de hectáreas, la empresa también forma parte del conglomerado Grupo BAL, propiedad de la familia Baillères”. Le siguen la estadounidense Newmont Minera Peñasquito (sus minas son “de las mayores de plata del mundo”) y la canadiense Torex Gold, productora de oro, con actividad principalmente en el estado de Guerrero, de proverbial pobreza. Vienen luego Minera Frisco, de Carlos Slim, y dos canadienses productoras de plata y oro: Corporation First Majestic y Pan American Silver Corp.; a continuación, la estadounidense Coeur Mining Mexicana, “Con operaciones centradas en el complejo minero Palmarejo, en el estado de Chihuahua (…) el sitio se ha convertido en uno de los activos más relevantes del grupo, al aportar alrededor de 60 por ciento de su producción de plata y cerca de un tercio de su producción de oro”. Finalmente, la canadiense Alamos Gold, productora de oro. Resumidamente, de las diez más grandes, tres son de capital mexicano, y en inversión extranjera destacan Canadá y Estados Unidos, en ese orden.

Pero el desmesurado enriquecimiento de los empresarios mineros no es de ahora. Data de hace cinco siglos. Acicateados por la obsesión del oro, los españoles vinieron a América e hicieron de la minería, salvajemente organizada, su principal actividad, de manera muy destacada en México y Perú. Y en esos sueños locos crearon mitos como el de las siete ciudades de Cíbola y Quivira, en el lejano norte, y El Dorado en Sudamérica. Ciudades hechas todas de oro.

Francisco Pizarro, conquistador del Perú, asesinó al inca Atahualpa, después de haber pedido por su rescate una habitación llena de oro. En México dieron tormento a Cuauhtémoc en procura del imaginado “tesoro de Moctezuma”. En su obra Las venas abiertas de América Latina (1971), el uruguayo Eduardo Galeano narró con lujo de detalle el bárbaro saqueo de la riqueza minera de América; destacó el caso del cerro del Potosí, en el Virreinato del Perú, la mina de plata más grande, que escondía en sus socavones fantásticas riquezas para unos cuantos y enfermedad y muerte para los trabajadores. Galeano describe el cerro como un monstruo que devoraba indígenas.

La desgracia de los trabajadores mineros ha sido de antología en la historia de México. En los tiros y niveles de las minas y a consecuencia de las insalubres condiciones de trabajo, perdieron la vida millones de indígenas, y no es exageración. De todo aquello dio cuenta pormenorizadamente Fray Bartolomé de las Casas en su valiente obra de denuncia, Brevísima relación de la destrucción de las Indias, publicada en 1552. Es de sobra conocido, y lo han documentado especialistas en la materia, que al final de la Colonia, la población nativa quedó reducida a un mínimo de lo que fue antes de la conquista; por ello los españoles se vieron obligados a traer esclavos de África, que corrieron igual suerte.

Desde aquella época y hasta la fecha, México ha sufrido una incesante depredación de sus recursos minerales. La minería sintetiza en sí una de las formas más brutales de la contradicción entre acumulación y miseria. Y hasta hoy el saqueo no cesa. Al contrario, aumenta. Según el suplemento especial de La Jornada (14 de noviembre de 2011), “Tanto oro y tanta plata, por sólo citar estos metales preciosos, ha dado históricamente este riquísimo territorio, que resultan invaluables, en todos los sentidos, las cerca de mil 700 toneladas del primero y las más de 230 mil toneladas de la segunda que a lo largo de cinco siglos se han extraído de este ‘cuerno de la abundancia’, según documenta la estadística histórica del Inegi”. Y reseña el documento que, en los primeros diez años del presente siglo, “las mineras mexicanas y extranjeras (…) extrajeron el doble de oro y la mitad de la plata que la Corona española atesoró en 300 años de conquista y coloniaje, de 1521 a 1821, en lo que hoy es México, de acuerdo con la citada estadística”. Así es como se han acumulado las grandes fortunas a las que hacemos referencia al inicio.

Pero no puede existir la acumulación de riqueza sin su contrario y verdadero creador: los trabajadores y sus luchas. La primera huelga minera de México y de todo el continente americano (Doris M. Ladd en Génesis y desarrollo de una huelga: las luchas de los mineros mexicanos de la plata en Real del Monte, 1766-1775), estalló el 28 de julio de 1766 en Real del Monte, Hidalgo. Mil 500 mineros de la Veta Vizcaína se rebelaron contra la salvaje explotación de la que eran objeto. El 15 de agosto la huelga fue violentamente sofocada por el Estado, siempre diligente guardián de los ricos mineros. Este mes, precisamente, se cumplen 260 años de aquella gesta proletaria que estalló contra la explotación que ejercía el dueño de la mina, Pedro Romero de Terreros, Conde de Regla, nacido en Huelva, España, y en aquel entonces el hombre más rico de México y uno de los más acaudalados del mundo.

Al inicio del siglo pasado, en 1906, hizo historia también otra huelga: la de Cananea, en Sonora, contra la empresa estadounidense Cananea Copper Company, propiedad del coronel William C. Green. El movimiento obrero fue ahogado en sangre por el ejército de Porfirio Díaz, firme defensor de los empresarios mineros extranjeros. Es difícil saber a ciencia cierta el número de trabajadores mu***os. Son datos que las estadísticas generalmente ocultan o minimizan. A la luz de aquellas experiencias de lucha de la clase obrera, resalta aún más el contraste entre la dura realidad de los mineros, por un lado, y la acumulación de riqueza, por el otro. Como rastro infame del saqueo de los recursos minerales, sólo han quedado los socavones vacíos; caso de antología es el Cerro del Mercado, en Durango, que motivó una lucha estudiantil en 1966.

Y la tragedia minera sigue, y la historia se repite. El 19 de febrero de 2006, en Pasta de Conchos, en la región carbonífera de Coahuila, 63 trabajadores quedaron sepultados en una mina propiedad del Grupo México, de Germán Larrea, a consecuencia de las malas condiciones de seguridad. Nadie fue castigado por la pérdida de esas vidas humanas. Además de la pobreza que trae consigo, y por la tolerancia y connivencia del gobierno hacia las grandes empresas, la industria minera en México destaca por ser altamente contaminante del agua, el aire y el suelo, con daño a la salud de los trabajadores y de la población cercana. El seis de agosto de 2014, en Cananea, de la mina Buenavista del Cobre (propiedad del Grupo México) se derramaron 40 mil metros cúbicos de residuos tóxicos que contaminaron los ríos Bacanuchi y Sonora. Si bien ese caso trascendió al conocimiento público nacional, lo cierto es que, aunque mantenido en la discreción, el daño ambiental causado por las minas es algo cotidiano.

Así pues, el pueblo mexicano ha pagado históricamente con enfermedad e incontables vidas la acumulación de las grandes fortunas surgidas de la industria minera. Y hasta hoy, el Estado sigue siendo garante y protector de la explotación de los obreros mineros. Algún día deberá llegar esto a su fin, cuando los trabajadores cobren conciencia de que no deben seguir sacrificando más sus vidas para acrecentar el capital.

04/08/2026

EN LATINOAMÉRICA LA ULTRADERECHA ENSEÑA LOS COLMILLOS
Abel Pérez Zamorano

Para que los países conquisten su libertad y sobre esa base se encaminen al progreso, es condición indispensable que los pueblos sean educados políticamente; mientras esto no ocurra, será de todo punto imposible que tomen su destino en sus manos. La inconsciencia significa sumisión y estancamiento. Y hablando en particular de la educación política, esta supone, en primer lugar, la necesaria información veraz, oportuna y completa, para que el pueblo pueda formarse su propio juicio sobre el acontecer local, nacional y mundial; mientras no sepa mirar a lo lejos, al mundo, su educación política será incompleta.

Pero con todo lo valiosa que es, la información por sí misma no basta para servir de guía en la liberación de los pueblos y para que estos se orienten en el laberinto de los acontecimientos y disciernan sobre lo que les beneficia y lo que les perjudica; para que comprendan su situación y conozcan su lugar entre las demás clases sociales. Para que puedan desentrañar la realidad en toda su complejidad, desmenuzarla y saber de qué lado están los intereses de la clase trabajadora y de qué lado los de las clases poderosas, es preciso reflexionar sobre el significado de lo que se conoce. Hay que entender.

Solo si cada ser humano conoce su realidad, inmediata y mediata, presente y pasada, puede decirse que vive en su época. Quien no conoce o no reflexiona sobre lo que sabe es como si no viviese en su tiempo, como si fuera ajeno a su propia circunstancia. Una persona desinformada vive físicamente, sí, resuelve sus necesidades de subsistencia y hace vida familiar, pero al no conocer su realidad en su devenir mismo, no puede orientarse en ella, entenderla y a partir de ahí encontrar su lugar en el entramado de relaciones sociales, entre las diferentes fuerzas en pugna; no comprende qué le beneficia ni qué le perjudica, y mucho menos entenderá cómo terminar con la situación presente que le afecta y construir en su lugar una sociedad mejor.

Vienen a mi mente estas reflexiones con motivo de los más recientes acontecimientos en Latinoamérica y el Caribe, nuestra región, que debemos conocer y entender bien, pues lo que en ella suceda impacta directamente sobre nuestras vidas. Concretamente, me refiero a las circunstancias del ascenso de la ultraderecha, corriente representada por políticos al servicio del gran capital estadounidense y manejados directamente desde Washington. Como antecedente, vale recordar que desde abril de 2024 se rompieron las relaciones diplomáticas entre México y Ecuador con motivo de la incursión violenta de la policía ecuatoriana en la embajada de México por orden del presidente ultraderechista Daniel Noboa. Además, recuérdese que la ultraderecha ha tomado ya el poder también en Chile, Bolivia y Honduras. De esta tendencia habíamos comentado ya en este espacio, y aunque no hay sorpresas, merecen atención los hechos que esbozan ya lo que nos espera bajo esos regímenes, de ser el caso de que aquí la ultraderecha termine tomando también el poder. Hay que escarmentar en cabeza ajena.

En Colombia, el 7 de agosto Abelardo de la Espriella asumirá el cargo de presidente. Y ha adelantado la orientación de su política exterior: romperá relaciones con Cuba y Nicaragua, a cuyos gobiernos califica de “tiranías”. En total, cerrará 14 embajadas, entre ellas las de Argelia, Sudáfrica, Senegal y Haití, país este último el más pobre de Latinoamérica y el Caribe. Pero habría que preguntarse, ¿quién faculta al señor De la Espriella para erigirse en juez, calificar de tiranos y sentenciar a los gobiernos de otros países? Además, y ya metido en el oficio, ¿no merecerían realmente su calificativo los gobernantes criminales de Estados Unidos, Israel y Ucrania?

En la misma línea, el 28 de julio, Keiko Fujimori juró como nueva presidenta de Perú, y lo hizo en los siguientes términos. “Juro ante ustedes, por Dios y por la patria, sobre estos santos evangelios, que ejerceré fielmente el cargo de presidenta de la República, declaró Fujimori, quien juramentó frente a un crucifijo y sobre una Biblia” (La Jornada, 28 de julio). Antes había advertido que aplicará ¡una política de línea dura!: ecos de lo que hizo su padre, Alberto Fujimori, en los noventa. Y exhibe su filiación proestadounidense: “Keiko Fujimori ofrece la ‘mejor disposición’ a Estados Unidos ‘para trabajar conjuntamente desde el primer día’ […] reafirmó su intención de impulsar una agenda común con Estados Unidos, tras recibir el respaldo diplomático de Washington ante su triunfo presidencial” (Infobae, 30 de junio). Días después, y para no dejar dudas sobre su orientación: “La presidenta electa Keiko Fujimori anunció este domingo su intención de que Perú busque integrarse al Escudo de las Américas, la iniciativa de Estados Unidos contra los cárteles de la droga, siguiendo el ejemplo de su aliado Abelardo de la Espriella, ganador de los comicios en Colombia” (Infobae, 5 de julio).

Ejemplifican también la soberbia ultraderechista las declaraciones del vociferante y pendenciero presidente argentino, Javier Milei, connotado sionista, quien recién acudió a Sao Paulo, Brasil, a respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro a la presidencia de ese país. En su participación, Milei se desató en insultos contra Lula da Silva, el presidente constitucional del país que visitaba, calificándolo como “presidiario y ladrón”. El incidente constituye una grosera violación a la soberanía nacional de Brasil y una ofensa a sus autoridades. A estos extremos se está atreviendo el fascismo que hoy se entroniza en Sudamérica. Los ataques soeces contra el gobierno brasileño tienen como telón de fondo la reciente imposición, por lo demás absolutamente abusiva, de pesados aranceles a Brasil por parte de Estados Unidos, para someter a la nación sudamericana: a partir del 22 de julio entró en vigor un cobro arancelario de 25% sobre la mayor parte de los productos brasileños exportados a la Unión Americana. Los aranceles constituyen la forma predilecta de Trump para castigar y robar a otros países y fortalecer con ese ingreso las averiadas finanzas estadounidenses.

Para completar el cuadro, el pueblo cubano sigue bajo amenaza de ataque por el gobierno de Donald Trump. Un día sí y otro también, el secretario de Estado, Marco Rubio, él mismo de origen cubano, pero de fanática mentalidad imperialista, reitera la pretensión de Washington de ocupar la isla de una forma u otra. Mientras tanto, los cubanos se alistan a defender su patria. Asimismo, en días recientes, Stephen Miller, asesor de Seguridad Nacional de Trump, ha seguido atacando a México, pretendidamente con motivo de los cárteles de la droga. Y hablando de cárteles, ya no se habla del tan traído y llevado “Cártel de los Soles”, espantajo cuyo supuesto liderazgo se imputaba de manera infame al presidente Nicolás Maduro y que sirvió como vil excusa para su secuestro. ¿Ya tiraron a la basura esa tontería?
En resumen, el imperialismo aplica una política sistemática de golpeteo a los países que aún conservan su independencia y, por otro lado, impone títeres en Latinoamérica. Bajo sus órdenes, estos últimos instigan conflictos entre países hermanos con el avieso propósito de fracturar la unidad de los pueblos. Solo al imperialismo le conviene ese enfrentamiento entre naciones pobres, que unidas constituirían una poderosa fuerza capaz de garantizar y proteger el progreso y que debilitaría a la gran potencia. Washington busca eliminar todo rastro de independencia real de los países, para uncirlos al yugo imperialista.

Ante esto, se hace urgente una gran fraternidad latinoamericana que fortalezca a todas las naciones, grandes y pequeñas, para resistir el embate de la potencia del norte, tal como en su momento soñó el libertador Simón Bolívar; pero en nuestro tiempo se necesita una unión constituida y liderada por auténticos partidos de trabajadores, disciplinados y firmemente fundidos con las masas populares en cada país, masas políticamente educadas, como decíamos al principio. Solamente partidos genuinos de los trabajadores pueden asumir consecuente y firmemente la defensa de la soberanía nacional, pues son los únicos libres de compromisos perversos con las grandes corporaciones transnacionales.

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