24/10/2026
ÉRAMOS FELICES Y NO LO SABÍAMOS…
¿Se han puesto a pensar en lo felices que eran los días cuando éramos niños?
De verdad, piénsenlo un segundo.
Llegabas de la escuela, aventabas la mochila en cualquier sillón, te sentabas en la mesa y ahí estaba: un plato de comida caliente. Y tú en ese momento pensabas que eso era lo normal.
Pensabas que la vida simplemente funcionaba así, que la comida aparecía por arte de magia y que siempre habría alguien ahí, asegurándose de que a ti no te faltara absolutamente nada.
Pero vas creciendo, empiezas a pagar tus propias cuentas, a sentir el cansancio de la vida adulta, y de repente te cae el veinte.
Te das cuenta de que detrás de ese plato de comida había un chingo de esfuerzo.
Había madrugadas, preocupaciones, cuentas por pagar y días en los que tu mamá probablemente estaba completamente agotada. Y aun así, con mil cosas en la cabeza, encontraba el tiempo y las ganas de cocinarte algo rico para asegurarse de que estuvieras bien.
Cuando eres niño no entiendes nada de eso. No sabes cuánto cuesta la despensa, ni las horas que alguien pasa frente a la estufa, ni el desgaste que implica sostener un hogar todos los días. Solo vives, disfrutas y te da igual.
Y qué ca**ón es darte cuenta, años después, de que todas esas cosas que veías súper normales eran, en realidad, actos de amor gigantescos.
Ojalá nunca se nos olvide que muchas de nuestras mejores memorias existen porque hubo una mamá haciendo magia en silencio, dándolo todo para regalarnos una bonita infancia, incluso cuando no teníamos ni la menor idea de lo que eso significaba.
Al final del día, crecer también se trata de eso: de voltear hacia atrás, agradecer y reconocer que lo que creíamos cotidiano era un verdadero privilegio.
Que fuimos absurdamente felices en detalles tan simples que hoy, darías lo que fuera por volver a vivir, aunque fuera una sola vez más.
Valoren a sus mamás y díganles que las quieren.