14/02/2020
🇲🇽🏆🏁 NO TE APARTES DE MÍ 🇲🇽🏆🏁
Sentada frente al espejo de un viejo tocador, Doña Concepción de la Vega Gorráez se recoge el cabello y se arregla el rostro. Corre el año de 1985 y tiene sesenta y siete años de edad. Ella es la madre de los gloriosos Hermanos Rodríguez, Pedro y Ricardo, pero ahora está sola.
Sus ojos ya han visto muchas cosas, pero la fotografía de sus hijos en la sala de trofeos de su departamento, en la Colonia Roma, le desploma el corazón.
En otros tiempos su vida estuvo llena de lujos. A decir verdad, ella nunca tuvo la necesidad de trabajar. Cuando ella cumplió quince años de edad, se casó con uno de esos jóvenes acróbatas de motocicleta llamado Pedro Natalio Rodríguez Quijada, quien al poco tiempo amasó una enorme fortuna con la venta de barriles para petróleo.
Sin embargo, una serie de trágicos eventos cambió su vida: primero, la muerte de su hijo Ricardo durante las prácticas del Gran Premio de México en 1962; luego, en 1971, la muerte de su otro hijo, Pedro, durante una carrera de autos deportivos en Alemania; después, la muerte de su esposo en el año de 1976, a causa de una úlcera gástrica.
En una ocasión, le contó a un redactor la siguiente historia acerca de su esposo (Ponce, Francisco. La redacción. 1983):
--- Él se sentía culpable por la muerte de nuestros hijos. Casi siempre lloraba y se reprochaba el haber promovido el deporte del automovilismo en ellos. Decía que nunca debió haberles pagado este deporte que los llevó a la tumba.
Y continuó (con voz áspera a causa del cigarro):
--- Yo siempre lo cobijé entre mis brazos y le decía que no era su culpa, que los muchachos murieron bañados de gloria y como los más grandiosos deportistas que México le haya dado al mundo entero. Pero un día, mi esposo cerró sus ojos para siempre… todavía recuerdo haber visto sus ojitos cerrarse con lágrimas aún brotando de ellos… así es como él se fue --- hizo una larga pausa y continuó diciendo --- Los mu***os también lloran, señor. Sabe usted, lo que quiero decir es que… nunca me alcanzó el tiempo para convencerlo de que no había sido su culpa.
Doña Concepción se vio en la necesidad de trabajar. Consiguió un empleo como secretaria en una oficina del gobierno mexicano y, poco a poco, la nostalgia de su familia comenzó a marchitar su corazón.
Una leyenda dice que todas las tardes, cuando ella regresaba de una larga jornada laboral, un gato negro de ojos luminosos cruzaba por su camino. El gato siempre se detenía a observarla y continuaba con su andar.
Cuando ella llegaba a su casa, buscaba el retrato de sus dos hijos y comenzaba a platicar con ellos. A veces, ella les contaba sobre las personas que había conocido; en otras ocasiones, recordaba viejas anécdotas junto a ellos; en algunas otras, solo los miraba y lloraba en silencio. No había tarde que con ellos no quisiera estar.
Una tarde de septiembre, mientras platicaba con sus hijos, una voz masculina le llamó y le dijo:
--- Conchita, no llores. No estás sola. Preocúpate cuando no te mires al espejo, porque entonces lo estarás.
Asustada, pudo reconocer en la efímera letanía de sus pensamientos que se trataba de su esposo, Pedro, a lo que se animó a preguntar:
--- ¿Eres tú, Pedro, que desde el más allá vienes a visitarme? Si es así, por favor, no te apartes de mí.
A lo que la voz le respondió:
--- Algún día, nos volveremos a encontrar. Cuando eso suceda, Conchita, te voy a abrazar tan fuerte, que volveré a unir todas las piezas de tu alma que se derrumbaron al momento en que nos separamos de ti.
Cuando dijo esto, un ruido endeble la despertó. Al parecer, solo se trataba de un sueño. Ella alzó la mirada a donde estaba el tocador y pudo ver una sombra que con rapidez se esfumó cuando el gato negro cruzó por la ventana.
A la mañana siguiente, sentada frente al espejo de su viejo tocador, Doña Concepción de la Vega Gorráez se recogía el cabello y se arreglaba el rostro. Pero aquella mañana era diferente a todas las demás.
A las siete con diecisiete, el cataclismo inició. Las paredes comenzaron a crujir; las puertas no dejaban de chirriar y el suelo se empezó a quebrar bajo sus pies. Los muebles oscilaban y entrechocaban con el vaivén del edificio. Cuando el techado de la casa comenzó a ceder, Conchita corrió a refugiarse en el quicio de una puerta y, entonces, todo lo que era firme, se vino abajo. Lo poco que ella poseía se quedó al borde del abismo.
Cuando la tierra dejó de temblar, un abrumador olor a sangre se dispersó en el ambiente mexicano.
Existe una historia local en la Ciudad de México, la cual dice que cuando fue rescatada del edificio, un gato negro de ojos luminosos se encontraba junto a ella, cuidándola. Sea cual fuere la forma en que sobrevivió, lo cierto es que Doña Concepción fue trasladada a Morelia, a la casa de su única hija, Conchita, donde enfermó de neumonía y tuvo que ser hospitalizada.
Doce días después de aquel fatídico terremoto, Doña Concepción despertó en medio de una espesa niebla. Sus ojos ya habían visto muchas cosas, pero la imagen de sus dos hijos frente a ella, le desplomó el corazón…
Al verlos, ella les dijo:
--- ¡Mis niños, son ustedes! Debo estar mu**ta. Por favor, no se aparten de mí.
Con una sonrisa, Pedrito le contestó:
--- No, mamá, no volveremos a apartarnos de ti. Un sabio nos ha dicho que la primera regla de una persona es no dejar sola a su mamá.
Entonces, el pequeño Ricardo se acercó a ella, la tomó del hombro y le dijo:
--- ¡Ven, mamá! Papá también te ha estado esperando y quiere decirte algo.
Ella los tomó de la mano y, juntos, caminaban entre la boira cuando, de pronto, la voz de su esposo le exclamó:
--- Conchita, estoy junto a ti.
Al verlo, sus ojos se inundaron de lágrimas. Él la abrazó y ella le dijo al oído: “las piezas de mi alma están juntas otra vez".
Después de eso, los cuatro se perdieron en la niebla. Cuenta la leyenda, que fueron a cuidar a los que aún permanecían en la tierra. 🌏
Escrito en papel por José Alberto González, entre el 12 de diciembre de 2019 y el 1º de febrero de 2020. 🎖🏆🥇🏁🏎☘⭐
La fotografía “Pedro Rodríguez y su mamá”, que ilustra esta publicación, corresponde a G. M. Cord. De la publicación periódica “L'Automobile", tomada en el año de 1961, luego de que Pedro Rodríguez obtuviera la Victoria en el Trofeo del Gobernador de las Bahamas, sobre el Oakes Course.
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