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02/05/2026
Fotografíe a un hombre con turbante carmesí y túnica blanca cruzando la arena del desierto de Thar. A su lado, un camello adornado con cascabeles en el cuello y pompones multicolores. La imagen, de una belleza ancestral, parece un viaje al pasado. Pero no es una postal turística. Es el retrato de una despedida. Bhanwarlal, de 35 años, es raika, un pastor de la casta que cree tener un mandato divino del dios Shiva para cuidar camellos. Él, su padre y su abuelo hicieron lo mismo. Pero Bhanwarlal ha decidido que sus hijos no heredarán el rebaño. Los enviará a la escuela, a buscar una vida fuera de las dunas. La fotografía no capta la conversación, pero la mirada del hombre lo dice todo: la tradición de siglos, los viajes de mil millas en busca de pastos, la sagrada convivencia con el animal que lo es todo, se está desvaneciendo como una huella en la arena. Los camellos, los "barcos del desierto", están desapareciendo de la India. Entre 2012 y 2019, su población cayó un 37%. Quedan menos de 200.000 ejemplares. Y con ellos, se extingue una cultura nómada que había aprendido a amar el desierto en lugar de domeñarlo.
Esta imagen es la hermana gemela de todas las anteriores, pero con un agravante: aquí el animal no es una víctima pasiva de la basura o el veneno, sino el centro de un mundo humano que se desmorona. El elefante en el vertedero de Sri Lanka era la naturaleza sola y derrotada. El león de tres patas, la resistencia heroica e individual. Pero esta fotografía del raika y su camello es la crónica de un matrimonio milenario que se divorcia por la fuerza. El enemigo no es un cazador furtivo con un lazo, sino el progreso con sus carreteras, sus camiones, sus canales de riego y sus parques eólicos. La India moderna ha sustituido al camello por vehículos de motor, ha cercado sus rutas de pastoreo con granjas y proyectos de irrigación, y ha convertido al animal en un estorbo. La guinda de la ironía es una ley de 2015 que prohibió la venta y exportación de camellos macho (incluyendo su carne, algo que los raika ya no consumen por tabú religioso) para frenar el contrabando. Pero la medida, bienintencionada, ha sido un desastre: sin poder vender a sus animales, los pastores no tienen ingresos. Y el camello, que ya no sirve para el transporte, se convierte en una boca que alimentar sin retorno económico.
Las causas raíz de esta extinción cultural son un cóctel letal de modernización acelerada, políticas públicas mal diseñadas y un cambio en los hábitos de consumo. El Canal Indira Gandhi, el más grande de la India, transformó el desierto en tierra de cultivo, pero eliminó los corredores de trashumancia. Los parques solares y eólicos, necesarios para la transición energética, ocupan más espacio sin dejar sitio para los rebaños. Y la ley de 2015, al prohibir la venta de machos, mató la economía del camello sin ofrecer alternativa. El resultado es que los raika, que durante siglos fueron los dueños de un conocimiento único sobre la gestión de la aridez, se convierten ahora en mano de obra barata para las ciudades o en pastores de cabras (menos nobles, más rentables). La ironía es feroz: el camello es el animal ecológico por excelencia en un clima extremo. Come lo que ningún otro rumiante puede, aguanta semanas sin agua, no compacta el suelo como el ganado vacuno. Es la solución andante al pastoreo sostenible. Y lo estamos sustituyendo por camiones que escupen diésel.
El impacto ecológico y moral es demoledor. Ecológicamente, la desaparición del camello significa más erosión, más sobrepastoreo por otras especies menos adaptadas y la pérdida de un eslabón clave en la cadena de la vida del desierto. Moralmente, la imagen de Bhanwarlal y su camello es una acusación contra nuestra idea de progreso. Hemos confundido desarrollo con destrucción de lo que no entendemos. La cultura raika no es una reliquia pintoresca; es una biblioteca viviente de cómo vivir en uno de los entornos más hostiles del planeta sin esquilmarlo. Al dejarla morir, no solo perdemos un animal, perdemos la sabiduría de generaciones que aprendieron a escuchar la arena. Y lo hacemos con una hipocresía añadida: mientras tanto, en los mercados de Delhi y Bombay, la leche de camello se anuncia como el nuevo "superalimento", rica en vitamina C y apta para intolerantes a la lactosa. Queremos sus beneficios, pero no queremos pagar por ellos. Queremos el producto, pero no la forma de vida que lo hace posible.
Sin embargo, incluso aquí hay espacio para una esperanza realista, aunque frágil. Iniciativas como la Cooperativa de Leche de Camello Kumbhalgarh, fundada por la veterinaria alemana Ilse Köhler-Rollefson, o la startup Aadvik Foods, demuestran que es posible crear un mercado ético. En el estado de Gujarat, la cooperativa Amul lanzó leche de camello en 2019 y hoy trabaja con 70 familias pastoreando 2.000 camellos. Han conseguido que la población local de camellos aumente, según observaciones anecdóticas. El camino es difícil: la leche de camello debe pasteurizarse y refrigerarse, y la demanda está lejos de la oferta. Pero existe. La pregunta que la fotografía del raika y su camello debería clavarnos en el pecho es esta: ¿por qué estamos dispuestos a pagar 6.000 dólares por una falsa terapia con delfines y no 6 dólares por un litro de leche de camello que sostiene una cultura entera? ¿Por qué financiamos carreteras que matan el desierto y no subvencionamos rutas de trashumancia que lo mantienen vivo? Lo que está en juego aquí no es solo una especie ganadera menor. Es la posibilidad de que, en nuestra obsesión por lo nuevo, olvidemos que lo antiguo también puede ser futuro. Si el barco del desierto se hunde, no será por la tormenta, sino por nuestra indiferencia. Y cuando la última arena caiga sobre el último camello, el hombre del turbante carmesí ya no estará allí para llorarlo. Se habrá ido a la ciudad, a mirar un móvil, a olvidar que supo ser libre.
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