21/09/2026
Colectiva Proyecto Medusa.🪼
Bertha V.B.
En una sociedad que impone la maternidad como destino a las mujeres, resulta obsceno que el privilegio económico y de celebridad permita satisfacer caprichos que alimentan al lobby proxeneta, negocio de explotación sexual y reproductiva que lucra con mujeres precarizadas, racializadas, empobrecidas, estudiantes que necesitan recursos para pagar sus estudios y mujeres, en general, atrapadas en condiciones de necesidad, engañadas y coaccionadas para aceptar contratos de compra y venta sin percibirlos necesariamente como tales ni tener conocimiento de que, en el fondo, este negocio consiste en mercantilizar sus cuerpos y su capacidad paridora, cuyas cláusulas muchas veces desconocen o no se cumplen. Como señala Celia Amorós, el feminismo no cuestiona las decisiones individuales de las mujeres, sino las razones que las obligan a tomarlas.
Niñas y niños esperan ser adoptados, adoptadas. Hay mujeres de la farándula que pagan para que otras mujeres gesten, arriesguen su salud física - mental y se desprendan de sus bebés, tratados como mercancías que pueden comprarse y, bajo esta lógica aberrante, incluso devolverse si resultan «defectuosos de fábrica».
No se trata únicamente de la transacción económica, sino de algo todavía más siniestro, explotar el cuerpo de las mujeres, atentar contra su capacidad para engendrar vida y vulnerar el vínculo primario con la criatura que gesta. Somos mamíferas, no lo olvidemos. El nacimiento no es una entrega de paquetería ni el cuerpo de las mujeres una incubadora en renta.
Hay mujeres que no desean gestar, mujeres que no pueden hacerlo por infertilidad u otras condiciones médicas, o simplemente mujeres que no quieren asumir las transformaciones del embarazo porque su cuerpo es su capital de trabajo. El privilegio les permite conservar ese cuerpo mientras otra mujer asume los riesgos físicos y psíquicos de la gestación, el parto y el posparto, además del trauma provocado por la ruptura del vínculo primario.
En todo este proceso que se romantiza no hay emancipación. Hay mujeres explotadas al servicio del mercado y bebés, nacidas y nacidos, convertidas y convertidos en mercancía.
Que una mujer tenga capital económico y social para pagar por el uso del cuerpo de otra mujer no convierte a este despreciable negocio en altruismo ni en un acto de buena fe, como nos han hecho creer. Desde una perspectiva abolicionista, cuando la necesidad económica, el engaño o la coacción intervienen, estamos ante una forma de explotación sexual y reproductiva aberrante que debe ser cuestionada y abolida. Las mujeres son vulneradas y sometidas a una práctica de explotación que, por sus características, debe ser nombrada por lo que es: trata de mujeres y tráfico de bebés. Hay que llamarlo por su nombre y con todas sus letras. Las niñas y los niños nacidos de estos contratos tampoco quedan fuera de la lógica mercantil, son productos seleccionados y entregados al comprador por catálogo.
El dinero y el poder de satisfacer deseos, caprichos, hasta los fetiches más aberrantes. Compra cuerpos, servicios, silencios y privilegios. Lo que no compra es dignidad. Mucho menos ética. Tener capital económico y social para comprar el cuerpo de una mujer no convierte la explotación en altruismo; solo demuestra que hay quienes creen que todo tiene precio porque nunca han tenido que pagar el costo con su propio cuerpo.