Adriana Ortiz / Leotardos

Adriana Ortiz / Leotardos Pintado a mano de Leotardos para gimnasia rítmica y patinaje.

Un día me preguntaron como en cuánto andan los leotardos que pinto. Al responder me acordé de la vez aquella en que el p...
19/03/2026

Un día me preguntaron como en cuánto andan los leotardos que pinto. Al responder me acordé de la vez aquella en que el papá de una nena gimnasta que sabía que yo me dedicaba a esto, se comenzó a quejar en una reunión, acerca del precio de los leotardos.

Dijo que le parecía ridículo que un trajecito tan pequeño, hecho de retazos, tuviera un costo tan alto. Que los brillitos ridículos, que la pintura era una mera manualidad que cualquier mamá podía hacer y que si no lo hacían ellas, era por huevonas. Y que los papás tenían que mocharse pagando varios leotardos a lo largo de la vida competitiva de sus pequeñas, además de los elementos, como pelota, clavas, listones, cuerda, etc. Que era un abuso y una enorme pérdida de dinero mal invertido.
Yo no podría creer lo que estaba oyendo. ¿Ridículo? ¿¿Retazos de tela?? ¡¡¿¿¿Manualidad???!! ¿¿PÉRDIDA ECONÓMICA??

Y al respecto solo tengo que decir lo siguiente: Comparándonos con el resto de la humanidad promedio, pocos padres tenemos la fortuna de tener un atleta en casa. No abundan. Todos los deportes requieren de un equipo especial para practicarlos. La inversión en el bienestar de nuestros hijos, vale pues, toda la pena. Las nenas gimnastas son un ejemplo de tesón y de disciplina. Entrenan incesantemente durante horas y practican toda la semana sus rutinas. Llueva, truene o relampaguee. Dejan de lado reuniones, fiestas y actividades que el resto de los niños tienen, porque ellas simplemente aman lo que hacen y han sido dotadas de un talento especial que defienden con uñas y dientes, a veces muy a pesar de los papás o de sus propias tentaciones infantiles, de diversión y de esparcimiento. Para ellas, la gimnasia lo es todo.

Y llega el momento de presentarse ante cientos de personas, solo ellas, paraditas ahí, con solo sus manos libres o con una cuerda, pelota, clavas o listón, controlando todos sus temores, sus ansiedades, sus inseguridades, dejando todo a un lado y poniendo todo lo aprendido en el mat, con una intensidad que muchos de los adultos presentes quisiéramos poseer, en solo 1:30 minutos llenos de magia y de pasión sin medida, jugándose todo en esa alfombra, con solo el puñado de sus pocos añitos y el inmenso deseo de hacerlo todo bien, de vibrar con la música, de no olvidar ni un movimiento, de entregarse a sus sueños y llevarse la gloria de sentir todo el orgullo de haberlo hecho bien.
Lo menos que merecen estas niñas es un leotardo bello que las haga sentir seguras, hermosas, divinas, dignas y merecedoras de un atuendo a la altura de sus sueños.

Y no pude evitar tampoco preguntarme por qué el señor en cuestión sí era capaz entonces de gastar cantidades estratosféricas en los vestidos de su esposa, para que luzca preciosa (que se lo merece, por supuesto, ese es otro tema) en sus eventos sociales, para presumirla, para levantarle su autoestima y él quedar muy bien... eventos que surgen uno tras otro y en los que las señoras no van a repetir NUNCA atuendo porque "qué oso", y para cada vestido, un bolso nuevo que le haga juego y unos zapatos igual de distintos cada vez… ¿Le parece a él ésta una inversión muy edificante? ¿Ahí sí no importa cuántas veces haya que comprar? ¿Ahí sí está bien, es respetable y no es un malgasto?

¿Esos no le parecen retazos de tela solo porque es mucha más? ¿Esos brillos no le parecen exagerados? ¿Ese gasto le parece justificado y bien invertido?

Yo -y conste que odio el término, pero es lo que soy- soy mamá soltera. Y nunca, ni un solo día, cuestioné la cantidad de dinero que invertía en los leotardos de mi niña. Al contrario, era una oportunidad maravillosa de formar parte de su vida, el buscar la música para suu rutinas y diseñar su leotardo de acuerdo al tema. Elegirlo juntas, poder participar de un momento que se iba a detener en el tiempo en el instante en que ella pusiera sus piecitos en la alfombra y comenzara el “beeeep!” que daba pauta a su rutina y a sus sueños.

Nada me parecía mucho. Nada era demasiado.

Quizá es por eso que cuando esta persona expresó lo que pensaba, me quedé muda y pensé en qué responderle, pero no soy de las que se enfrascan en discusiones que no van a ningún lado… Así que me dije que un día lo escribiría. Que compartiría lo que siento y que lo haría para que muchas mamás supieran lo que es para una nena recibir su leotardo.

Que cuando se los entrego, ver sus caritas de ilusión vale todo el oro del mundo. Que me abrazan y me dan las gracias, llenas de entusiasmo porque los días se les hacen largos para poder lucir esas bellezas de las que son total, completamente merecedoras.

Y me mandan sus fotos, y me mandan mensajes. Y cuando amenazo con querer claudicar porque a veces ya me siento cansada… me ruegan que no lo haga, porque ellas valoran más que nadie, las “obras de arte” que les pinto solo para ellas y con tanto amor.

Así que a los padres que crean que lo que pagan no vale la pena, los invito a pensarlo dos veces. Los invito a ver los rostros de sus nenas cuando se ponen el leotardo que pudieron pagar, con o sin sacrificios, porque ellas lo valen todo. Y esos pocos añitos, se van volando… Y nada es para siempre. ❤

Adriana Ortiz
(“pintadora” de leotardos y de sueños). La nena de la foto, es mi hija María Renée. Hoy tiene 20 años.

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Las vacas están muy flacas. Hay que meterle turbo a la artisteada. Gracias por compartir y recomendar mi trabajo estén donde estén. 🙏❤🙌 Sepan de antemano que lo agradezco de corazón. Gracias, gracias, gracias.

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Quizá este sea mi leotardo favorito. Casi todos me los entregan en blanco. Esto sólo tenía los olancitos amarillos. Todo lo demás es pintado.

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