26/08/2026
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TU FAMILIA TE ESPERA EN LA META
Crónica de un Maratón / Por Héctor Peredo Nicolás.
Diferente a como nos imaginamos los amaneceres en Río de Janeiro, húmeda, fría y gris fue la mañana en que se celebró la mítica prueba de maratón varonil. 42 mil 195 metros separaban de la gloria a 155 competidores.
La Marina Do Gloria fue el circuito pactado a tres vueltas, poca gente alrededor, la llovizna se clavaba en la piel, haciendo incómoda la espera, decenas de mirones nos colocamos bajo un puente, mientras los organizadores se apuraban en afinar los últimos detalles.
Un cronómetro digital comenzó su trabajo, sabíamos que la prueba había iniciado, los gritos de júbilo de los presentes no se hacían esperar, aunque sí los corredores que tardaron poco más de quince minutos en aparecer. Mientras, elementos de la guardia nacional sometían a un vecino que quería cruzar la calle dando cuenta que las olimpiadas eran para todos, menos los brasileños.
UNA MÁS DE LA FEDERACIÓN Y CONADE
Se aproxima alguien con una mochila enorme, resguardado con impermeable que venden en la calle por 3 reales, las arrugas de esfuerzo en su rostro y ropa tricolor lo delata, un entrenador mexicano.
La plática se hizo inminente, su vaivén nervioso hacía un zurco en el camellón que nos resguardábamos de la lluvia. El temblor de sus ojos y su respiración contenida indicaban algo, el encontrarse con otro mexicano fue lo que necesitaba, un cuate para desahogarse.
“Pinche federación, me la volvió a hacer, yo debería estar ahí dentro (puesto de hidratación) con mi muchacho, pero no, no me quisieron acreditar. Adentro está un coach, con los gastos pagados, acreditado y sin ningún atleta, no viene con corredor alguno, viene a pasear, así cómo podemos llevar medallas có podemos responder a los mexicanos”.
Las patas de gallo se marcaban más con el enojo, no pregunté nada, no quise exclamar una palabra mal acomodada. Prosiguió con su ir y venir, como perro encerrado en cochera. “Ni siquiera me dejan verlo, me prohiben verlo, sólo pude hablar con él una vez, en un café y eso fue a escondidas, eso afecta al atleta, pero luego se preguntan los mexicanos por qué muchas veces venimos a dar pena ajena, por la burocracia y corrupción, ante eso no podemos. No dije nada antes para no afectar a mi atleta, el chamaco qué culpa tiene”. En sus ojos hay lágrimas, no las quiere dejar caer por orgullo, encabronamiento, o porque tal vez no valga la pena un coraje ante el sistema deportivo mexicano. Se escuchan varias motocicletas, ahi vienen los punteros, la fiesta continúa en Río de Janeiro.
Soy como niño emocionado a punto de descubrir respuestas ¿Cómo corre un atleta olímpico? ¿Cómo será su zancada, su esfuerzo, la velocidad? La respuestas pasan frente a mi, un momento glorioso, comencé a disparar mi cámara fotográfica para plasmar esos momentos. No, no es fácil fotografiar en una olimpiada pero el nervio quedó atrás.
Subo a un puente peatonal para tener otra perspectiva de tiro, sólo se puede tomar una ráfaga ya que elementos de la fuerza nacional no permiten que alguien se quede por mucho tiempo ahí. Veo al mexicano Ramos, disparo mi ráfaga y bajo corriendo el puente, lo alcanzo metros adelante. Sus piernas caen como plomo sobre el asfalto por el cansancio, le lanzo gritos de mexicano “vamos si se puede, es el último jalón, vamos México”, voltea hacia su izquierda, quiere agradecer el gesto pero el cansancio no se lo permite.
Insatisfecho e impotente, doy vuelta para seguir tomando fotos, hubiese querido hacer algo más por él. Al regresar, sobre las vallas hay varios rezagados, muchos ya abandonaron la prueba definitivamente.
TU FAMILIA TE ESPERA EN LA META
Se aproxima una figura alta y espigada, envuelta en colores blanco, rojo y azul, latino seguro, dije entre mí. Con un grito de dolor dejó de correr, su manos se recargaban sobre sus rodillas envueltas en cinta kinesiológica. Agachado, sólo levantaba la cabeza queriendo atravesar con la vista los muros y al menos de lejos ver la meta. Seguía quejándose de dolor, mientras un keniano con la mirada le decía, bienvenido al club.
“Ya no puedo”, me dijo mientras hilos de saliva colgaban de su boca. El ritus de dolor no se borraba de su rostro. Vamos sólo te faltan 6 kilómetros, ya hiciste la mayor parte, pasando esa curva ya casi llegaste, le dije. “No, no puedo”, mientras presionaba con firmeza su estómago. ¡Claro que puedes! ¡tu familia te espera en la meta! ¡tu familia está esperando ver cómo cruzas la meta! ¿vas a dejar con esas ganas a tu familia y a tu pais? Levantó su rostro, apartó las manos de su rodilla y de su estómago y sus piernas volvieron a estirarse, comenzó a trotar acompañado de un grito dolor desgarrador.
Que enorme gusto ver después las imágenes que ese latino espigado de nombre Derlys Ayala se fundió en un abrazo en la meta con el argentino Federico Bruno quien terminó sus últimos kilómetros haciendo laterales por una lesión. Su familia pudo verlo cruzar esa línea, el lugar no importó, él ya es un ganador desde haber clasificado a los olímpicos, no cualquiera cruza con la bandera de su pais la meta en unas olimpiadas. Fue uno de los 144 afortunados.
Así, este domingo en el maratón de la ciudad de México, también se escribirán miles de historias, 42 mil metros serán insuficientes para contar todas las anécdotas que encierran cada entrenamiento, el esfuerzo, límites, ilusiones. Si tienes la oportunidad como en mi caso, toma una foto y súbela, en una cartulina escribe una frase, lleva hidratación, pero sobre todo comparte ese ánimo de ganadores, atletas, de hermanos; porque el espíritu olímpico no sólo estuvo en Río, vive en nuestros corazones de corredores. NOS VEMOS EN LA META.